sábado, 14 de septiembre de 2019

Socialistas cabreados


Estoy rodeado de gente progre, o presuntamente progre, cabreada conmigo. Les molesta que defienda la necesidad de un gobierno de coalición, o que critique la cerrazón de Pedro Sánchez y su sanedrín ante un momento histórico que quizá no vuelva a repetirse. Pero lo peor no es eso, lo peor es que cuento además, entre mis ilustres amistades, con votantes –y algo más que votantes- de Podemos que tampoco creen imprescindible formar parte de un gobierno para votar la investidura de manera favorable; que bastaría, dicen, con llegar a algún que otro acuerdo de mínimos.

Luego vendrán los arrepentimientos, vaticinan. Y yo no acabo de dar crédito cuando escucho esto último, porque se trata del mismo argumento que repiten quienes nunca pensaron en serio en la posibilidad de compartir el poder, los mismos que llevan desde abril apostando por una repetición de elecciones. Ya se les ofreció en julio el gobierno de coalición, ¿por qué no lo aceptaron?, insisten aun sabiendo como saben que se trataba de una oferta improvisada con la boca chica, cuando solo quedaba un fin de semana para la sesión de investidura, y realizada tras la decisión de Iglesias de hacerse a un lado al proclamar Sánchez públicamente que el único escollo para llegar a un acuerdo era el secretario general de Podemos. Pero que corra la consigna porque, aunque no resista el mínimo análisis en profundidad, ya se sabe lo que ocurre cuando una mentira se repite mil veces.

Enamorados de la línea Errejón, muchos de mis amigos socialdemócratas no dejan de rezar para que este se decida a montar un partido cuanto antes y entonces sí, entonces que haya coalición. O fusión por absorción, quién sabe. Pero quienes defienden esta opción saben de sobra que la verdadera fuerza del proyecto Podemos, por muchas discrepancias y desavenencias que puedan existir en su seno, procede del enorme caudal de indignación que consiguió concentrar el 15M. Que aquellos acontecimientos fueran el germen del nacimiento de una formación política potente que acabó poniendo de los nervios a los poderosos quienes, apenas se sintieron en peligro, no dudaron en emplear su más pesada artillería para dinamitarla cuanto antes. Cinco años largos llevan en el empeño.

Si Podemos no hubiera nacido, Pedro Sánchez no existiría. Puede que ni hubiera dimitido Rubalcaba. Y si hubiera ganado la primera vez, jamás habría resucitado tras la asonada que le montaron en su propio partido. Ni habría conseguido apoyos para plantear a Rajoy una moción de censura. Hay mucho troll que me honra con granados insultos cuando desarrollo en redes alguna de estas ideas, pero también hay amigos, hartos de regalarme “likes” cuando critico al Partido Popular o a Ciudadanos, que se rebotan cuando hago lo mismo con el PSOE o con “su Pedro”, el mismo Pedro al que hasta hace poco ponían a caldo cada dos por tres, el mismo Pedro al que hasta anteayer mismo querían volver a mandar a los infiernos con urgencia. Pero ahora ya no, ahora les gusta porque le mete caña a Pablo Iglesias y porque por fin conseguirá gobernar con Ciudadanos cuando se celebren nuevas elecciones, que por lo visto es lo único que les tranquiliza, la máxima aspiración de buena parte de los socialistas en nómina.

Lo siento, Miguel Ángel, José Manuel, Juan Ramón, tan amigos de toda la vida como incondicionales del PSOE. Soy el mismo cuando repruebo al PP que cuando lo hago con vuestro partido. El mismo al que aplaudís en facebook y en twitter cuando critico a la derecha de siempre, que aquel con el que os cabreáis cuando hablo del evidente alejamiento de la izquierda por parte de vuestra amada formación. Lo malo de todo esto, manda narices, es que al final acaben resintiéndose los afectos.

J.T.

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