sábado, 7 de septiembre de 2019

Convertir la desgracia ajena en dinero es una canallada


La información de sucesos también se puede hacer con dignidad. Se puede y se debe, y tanto las asociaciones de la prensa como los colegios profesionales de periodistas tendrían que poner de su parte para que esto fuera posible.

Tras la desprejuiciada explotación de la desgracia de la familia Fernández Ochoa que hemos vivido durante la última semana en los alrededores de Cercedilla, a partir del lunes día nueve se avecina otro circo, esta vez en Almería, con el comienzo del juicio a Ana Julia Quezada, la autora confesa, hace ahora año y medio, de la muerte en Cabo de Gata del pequeño de ocho años Gabriel Cruz.

Convertir la desgracia ajena en dinero merced a la retransmisión minuto a minuto de los pormenores de una tragedia familiar es una canallada. Y la espiral competitiva por ver quién va más allá en la pormenorización de datos que no aportan nada sustancial al conocimiento de los hechos, pero sí incrementan el sufrimiento de las personas implicadas en el infortunio, parece aumentar en cada acontecimiento tremendo que nos toca vivir.

Creo que tanto el niño Gabriel, al que en su familia llamaban “el Pescaíto”, como sus padres, Patricia y Ángel, se merecen un respeto que, a juzgar por lo que se va viendo, no van a tener. Hijo de padres separados, Gabriel desapareció en Las Negras a finales de febrero de 2018 y once días después la nueva pareja de su padre fue detenida cuando transportaba el cadáver del pequeño en el maletero de su coche. Seguro que recuerdan el caso, pero si no fuera así, mucho me temo que los medios se van a encargar de hacerlo, sin escatimar detalles, durante los ocho días que está previsto dure el juicio. Un juicio con jurado popular que, aunque comienza el lunes, que ya está llenando los hoteles almerienses de reporteros dispuestos a refrescarnos la memoria en informativos y programas desde este mismo fin de semana.

Recuerdo a comienzos de año la cobertura concedida al accidente en Totalán (Málaga) de Julen, el niño de dos años que cayó a un pozo de veinticinco centímetros de diámetro y no puedo menos que avergonzarme de la profesión a la que pertenezco. La manera en como se trató en muchos programas de televisión el juicio a los cinco violadores de La Manada y la nula consideración dispensada a su víctima me pareció una transgresión moral que pide a gritos la creación urgente de un tribunal ético que ponga coto a tamaños desmanes.

¿Seremos capaces esta vez de respetar la memoria del pequeño Gabriel y el derecho a encontrar la paz de sus padres? El veterano presentador de la BBC Martin Lewis, dedicó buena parte de su vida profesional a repetir que no es verdad que para conseguir audiencia sea imprescindible explotar el morbo. Y si lo fuera, es obligado no rebasar ciertos límites porque, de lo contrario, y en nombre de la sacrosanta audiencia, acabarían retransmitiéndose en directo hasta las ejecuciones de sentencias a muerte.

Que los periodistas informemos con calidad y rigor es un derecho ciudadano. No es verdad, y continuaré repitiéndolo cuantas veces haga falta, que el periodista haya de plegarse a las exigencias de quien le paga. La dignidad del oficio se puede defender y la trascendencia de lo que contamos no puede supeditarse a la vocación manipuladora de los propietarios de los medios. Somos testigos privilegiados de lo que ocurre, estamos en los sitios en nombre de todos los que luego nos leen, ven o escuchan, y la labor de intermediario honesto no puede ser negociable.

El Consejo Audiovisual de Andalucía hizo público el pasado miércoles un comunicado en el que, temiéndose lo peor en el juicio a Ana Julia Quezada, reclama respeto en el tratamiento informativo y apela a la adopción y cumplimiento de normas deontológicas que concilien el derecho y la libertad de informar con el deber de difundir siempre información veraz y rigurosa”.

En palabras de Roger Jiménez, autor de La ética periodística en tiempos de precariedad, “no se trata de ocultar la verdad, ni de sublimarla con un falso optimismo hedonista, sino de explicar los hechos sin estridencias y con la mente puesta en los elementos del contenido informativo.” Si lo hacemos así,la audiencia, que es bastante más sabia de lo que muchos programadores de televisión y confeccionadores de escaletas creen, sabrá valorarlo.

J.T.
Fotos: José Luis Roca y EFE

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