domingo, 7 de junio de 2020

Ven, Capitán Trueno, haz que gane el bueno

Si Felipe González hubiera tenido mayor caradura de la que ya tiene, se hubiera perpetuado muchos años más en el poder. Habría bastado que un buen día de 1989 hubiera comparecido ante el país para decir: “Señoras y señores, asumo la responsabilidad del GAL como presidente del gobierno que soy”. Hubiera fascinado. A continuación, tras disolver el parlamento, habría arrasado en las siguientes elecciones. Le faltó reconocer lo malo que era para redondear su éxito.

Por eso Trump no se anda con rodeos. Por eso Bolsonaro no se corta un pelo y mete en la cárcel a demócratas utilizando jueces que luego premia con ministerios… y ahí sigue porque los votos se lo consienten. Los votos de los fascinados, porque el mal fascina.

El malo chulo, el malo soberbio, el malo que va de sobrao por la vida, se acaba llevando el gato al agua. Aquí lo tenemos bien comprobado, en este país en el que chapoteamos sin remedio desde que a principios del siglo XIX no se nos ocurrió otra cosa mejor que reclamar el regreso de Fernando VII, el mastuerzo, como le llama mi amiga Nieves Concostrina. Desde entonces no levantamos cabeza.

Nos gusta que nos la pisoteen, nos gusta quejarnos de lo malos que son los malos pero nos da pereza que quienes pueden ser la alternativa nos pongan a trabajar. Esa fue la historia de nuestro siglo XIX, la ruina que derivó en nuestra guerra civil y por eso pasamos vergüenza, todavía a día de hoy, con una ultraderecha de diseño que de un tiempo a esta parte parece reproducirse por esporas.

Son malos, pero hay un cierto sector acomodado de la población que, por una extraña e incomprensible inercia, tiende a sentirse más tranquilo cuando la derecha ocupa el poder que cuando lo hace la izquierda. Un miedo sin fundamento, incluso entre los pobres, a que la izquierda te vaya a freír a impuestos y te acabe quitando la ridícula miseria que tienes ahorrada ¿Por qué acabamos gritando siempre “vivan las cadenas”?

Entramos en la UE, en la OTAN, nos proporcionaron una moneda común y nos atiborraron de fondos FEDER, pero aún nos quedan muchos deberes por hacer. Creímos que así seríamos como ellos pero no, en buena parte de Europa nos siguen mirando por encima del hombro y perdonándonos la vida. Durante la crisis del 2008 ya nos humillaron sin compasión alguna, y ahora vuelven a las andadas. No acaban de fiarse de nosotros.

Nos hemos metido en el saco europeo, pero nuestros peores demonios hacen que las costuras de ese saco peligren aún. Continuamos teniendo estructuras fascistas que en cuarenta y cinco años no hemos sido capaces de hacer saltar por los aires. El franquismo nunca desapareció del todo de instituciones como la justicia, la policía, la guardia civil, las cloacas de Interior. Desapareció del ejército porque al entrar en la OTAN los militares no tuvieron más remedio que adaptarse, modernizarse, pero la serpiente sigue poniendo huevos.

¿Por qué los malos nos fascinan? ¿Habrá un componente masoquista en el funcionamiento de la sociedad civil? ¿Cómo se entiende si no que, sabiendo como sabemos que han robado a manos llenas, que han mentido a mayor velocidad de la que respiran, que han intentado hundir cualquier atisbo de pluralidad en las instituciones, cómo comprobando esa evidencia a diario, todavía hay quienes se resignan a que encanallen como encanallan y enreden como enredan?

“Ven, Capitán Trueno, haz que gane el bueno”.

En 1978, un grupo llamado Asfalto hizo célebre esta frase
, parte del estribillo de una canción que evocaba las hazañas de un personaje de tebeo célebre en la época de la dictadura. El personaje de El Capitán Trueno nació en 1956, cuando la Editorial Bruguera buscaba un héroe nuevo para sus colecciones de cómics.

El guionista y escritor Víctor Mora les propuso, con la colaboración del dibujante Ambrós, la figura de un caballero español de la Edad Media que lucharía contra los “infieles” en la época de la Tercera Cruzada para defender la justicia y liberar a los oprimidos.

Mora era comunista, miembro en la clandestinidad del PSUC (Partido Socialista Unificado de Catalunya), y supo arreglárselas para burlar la censura con tal éxito que la figura del Capitán Trueno se convirtió en el personaje de cómic más famoso de nuestro país durante una década larga. Aquellos malos recibían su merecido, y tú te alegrabas porque ganaban los buenos.

Metidos ahora en el lío en el que estamos, hartos ya de tanto malo de tebeo, a mí me ha dado estos días por echar de menos al tuerto y forzudo Goliath, al joven Crispín, al Capitán Trueno y hasta a su dama Sigrid de Thule. Y entonces vas y, casi sin darte cuenta, te pones a tararear aquella canción que el grupo Asfalto popularizara allá por finales de los setenta del siglo pasado:

“Ven Capitán Trueno
Haz que gane el bueno
Ven Capitán Trueno
Que el mundo está al revés

Si el Capitán Trueno pudiera venir
Nuestras cadenas saltarían en mil
De él aprendimos que el bueno es el mejor
Aunque al pasar el tiempo comprendemos que no”.

J.T.

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