Compañeros que trabajaron con Khalil la describen como una reportera obstinada, incómoda, necesaria. De las que no se apartan cuando llegan las bombas, porque saben que eso precisamente es lo que hay que contar. Ayer, mientras cubría nuevos ataques, un bombardeo israelí alcanzó el vehículo en el que viajaba junto a la fotoperiodista Zeinab Faraj. Ambas buscaron refugio en una casa y poco después esa casa también fue bombardeada. Los equipos de rescate intentaron llegar hasta el lugar pero, según autoridades libanesas y testigos, fueron obstaculizados por fuego y ataques adicionales, incluso con drones, impidiendo así durante horas el rescate. Faraj, con heridas graves, logró sobrevivir.
Como suele ser habitual, el Estado de Israel niega haber atacado a las periodistas pero desde Líbano, organismos internacionales y asociaciones de prensa hablan de ataque deliberado contra las informadoras. Reporteros sin Fronteras y el Comité para la Protección de los Periodistas han exigido investigaciones independientes, pero son como voces que claman en el desierto, porque nadie les hace caso. Matar a una periodista es eliminar una testigo, borrar pruebas y enviar un mensaje a los que quedan por parte de los agresores, vosotros sabréis, pero o calláis o seréis los siguientes.
La muerte de Amal Khalil es, como lo ha sido tantas otras veces en conflictos recientes, un golpe directo contra el derecho a contar lo que ocurre. Nada de un hecho aislado ni de un daño colateral. El Gobierno libanés ha denunciado el ataque como una violación del derecho internacional. Khalil es una más en una lista creciente de periodistas muertos en este conflicto. Solo en 2026, varios reporteros han sido asesinados en Líbano en ataques similares. Y si ampliamos el foco, el número de periodistas muertos en escenarios relacionados con la ofensiva israelí en la región es ya escandaloso, terriblemente insoportable.
Cuando se dispara contra quien cuenta la guerra, decíamos antes, se intenta borrar el relato, que no haya testigos. Que la destrucción ocurra sin cámara, sin crónica, sin nadie que lo pueda contar. Los asesinos lo tienen difícil, porque siempre quedarán los textos que escribió las imágenes que ayudó a sacar a la luz y los compañeros que seguirán contando lo que ella ya no puede. Vaya desde estas líneas mi reconocimiento al trabajo y a la determinación de Amal Khalil, y también a todas y todos los compañeros de oficio que siguen ahí porque saben que son imprescindibles.
J.T.

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