Pedro Sánchez ha reunido estos días en Barcelona a un buen número de líderes progresistas -Lula da Silva, Gustavo Petro, Claudia Sheinbaum, Yamandú Orsi y otros- en la IV Reunión en Defensa de la Democracia y la Movilización Global Progresista. Un intento el que podría tejerse una red de resistencias ante la ola trumpista y el auge de la extrema derecha. Hay que reconocer que, en un mundo que se fragmenta, convocar a presidentes de Brasil, México, Colombia y Uruguay junto a figuras europeas y africanas para hablar de democracia, desigualdad y polarización digital es un gesto de habilidad política.
En este contexto, España ejerce como puente, un papel bastante comprometido. Por un lado nuestro país conserva lazos lingüísticos, culturales y migratorios con América Latina, y por otro forma parte del núcleo duro otanista. Sánchez intenta capitalizar esa ambivalencia al acoger este encuentro en lugares como el Palacio de Pedralbes o la Fira de Barcelona. No creo que aspire a refundar la Comunidad Iberoamericana ni tampoco a liderar un nuevo Sur Global, pero este tipo de acontecimientos suele tener una fuerte carga simbólica. El tono de las declaraciones de los mandatarios, hasta ahora, ha sido sobrio. Lula ha insistido en la necesidad de un frente internacional contra la “ola trumpista” sin caer en la retórica de bloques y Petro ha vuelto a señalar la desigualdad como caldo de cultivo del autoritarismo. Por su parte Sheinbaum, tras las tensiones de nuestro país con el anterior Gobierno mexicano, ha subrayado la defensa de las instituciones frente a la polarización en redes.
No hay proclamas de victoria. Sánchez, en su rol de anfitrión, ha evitado el triunfalismo que tanto le reprochan quienes lo tachan de oportunista. Ha hablado de “sinergias” y de “cooperación duradera” entre socialdemócratas, socialistas y laboristas. Esto adquiere mayor relevancia si se contextualiza con su reciente viaje a China. Su cuarta visita en poco más de tres años, con encuentros con Xi Jinping, Li Qiang y Zhao Leji, son un reconocimiento pragmático de que el orden internacional ya no es bipolar ni unipolar, sino multipolar y frágil.
Sánchez insistió en Pekín en la necesidad de contar con un “marco económico más equilibrado” y también en la vieja idea de que China y Europa supieron prosperar juntas. Ese gesto, comercial por una parte pero con profunda carga política por otro, refuerza el mensaje de la reunión de este fin de semana en Barcelona: tender puentes, o al menos, intentarlo.
Pero siempre hay que tener en cuenta que mientras Sánchez y Lula posan para la foto del progresismo multilateral, el Gobierno español mantiene una línea atlantista que, en materia de defensa y armamento, resulta difícilmente compatible con el discurso de la paz y la democracia. La ministra Margarita Robles y el ministro José Manuel Albares encarnan esa contradicción. Robles, desde Defensa, ha impulsado el aumento del gasto militar para cumplir los compromisos OTAN, un 2 por ciento del PIB que a Trump le parece una ridiculez porque quiere el 5. Albares, desde Exteriores, defiende una Europa “más fuerte” en seguridad y eso, en la práctica, significa alineamiento con Washington y apoyo a misiones que alimentan la espiral armamentística. España sigue vendiendo armas y participando en políticas de disuasión.
El contrapeso que el presidente español aspira a promover con la cumbre de Barcelona solo será creíble si se es capaz de alinear la retórica multilateral de Pedro Sánchez con una política de defensa que no se limite a seguir el guion atlántico. De lo contrario, el encuentro correrá el riesgo de convertirse en lo que ya han sido otras cumbres progresistas, un brindis al sol. En definitiva, la iniciativa barcelonesa merece ser valorada por lo que es: un esfuerzo honesto por no resignarse al nuevo desorden mundial. España, con sus luces y sus sombras, tiene estos días la oportunidad de ser algo más que un anfitrión amable.
J.T.

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