domingo, 19 de abril de 2026

La deriva fascista que nos engulle


Aumenta el número de casos y los agresores se van siempre de rositas. El acoso al periodista Javier Ruiz, las amenazas sufridas por Sarah Santaolalla, el señalamiento a profesionales de la comunicación como Cristina Fallarás, Rubén Sánchez, Laura Arroyo o Ana Pardo entre otros muchos y los ataques a espacios como la Taberna Garibaldi responden a una forma de hacer política que hace un tiempo decidió utilizar la intimidación como herramienta para cercenar nuestra convivencia en paz. Aumenta la frecuencia y la intensidad de los acosos impunes mientras las víctimas, desprotegidas, comprueban cómo sus denuncias no prosperan o se tramitan con inexplicable lentitud. Personajes como Vito Quiles o Bertrand Ndongo campan a sus anchas por el Congreso de los Diputados al que han convertido, merced a los apoyos mediáticos con los que cuentan y el dinero que los subvenciona, en un insufrible escenario de confrontación. Tanto dentro como fuera del recinto persiguen, incomodan y provocan hasta conseguir la reacción que buscan. Luego la amplifican por todos los medios a su alcance, cada vez más numerosos y más turbios. 


Estos comportamientos tóxicos y corrosivos no tienen lugar solo fuera del hemiciclo. El diputado de Vox José María Sánchez García, ex juez camorrista y pendenciero, se levantó de su escaño el martes pasado argumentando que había sido insultado y no se le dejaba protestar, subió a la tribuna presidencial y se encaró con Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, que presidía la sesión. Invadió su espacio, gritó e ignoró tres llamadas al orden antes de ser expulsado. El vicepresidente del Congreso declararía después que “solo pensaba en por dónde le iba a venir el sopapo” y que en ese caso estaba dispuesto a poner la otra mejilla. La foto de esta agresión es tan poderosa como alarmante, porque hace inevitable la asociación de ideas con tiempos de infausta memoria. El PP rechazó condenar el incidente en una declaración institucional, priorizando pactos con Vox en las autonomías. Vox culpó a la presidencia. Hace ya demasiado tiempo que buena parte de lo que ocurre en el Congreso produce verdadera vergüenza ajena ¿Estos son los “señores y señoras” que en su día votamos para que nos representaran? ¿Así de impresentables somos?


Parece claro que la involución pretende construir un clima donde el ciudadano medio acabe aceptando como normal que sucedan este tipo de cosas, que a quien no esté muy al tanto del día a día político no le extrañen, y acabe así pensando que la política consiste en eso, en gritos, persecuciones y descalificaciones de calibre cada vez más grueso. Está estudiado, se trata de una forma de degradación democrática que consiste en ir ganando terreno "tacita a tacita" a base de incrementar la tensión y el mal rollo. No puede ser que se amenace a representantes políticos en espacios institucionales, se acose a periodistas o se vandalicen locales y este tipo de conductas no tenga consecuencias.  


Los cánticos excluyentes en estadios de fútbol como “el que no bote…” dirigido contra el colectivo musulmán el día del España-Egipto en el campo del Espanyol-, o los insultos corales al presidente del gobierno son otro preocupante peldaño que se ha subido en esta atmósfera de crispación que vivimos y donde la normalización del acoso, la deslegitimación sistemática del adversario, el uso de la mentira como herramienta política y la conversión del espacio público en un escenario de confrontación son cada vez más frecuentes y más preocupantes ¿Vamos a seguir cruzados de brazos, tolerándolo sin más y sin hacer nada? Porque esta deriva no se frena sola, esto requiere movilización ciudadana y decisiones institucionales, es decir, que se aplique la legislación vigente, se proteja a quienes sufren acoso, se establezcan límites claros en lugares como el Congreso de los Diputados y se actúe con contundencia cuando los fascistas traspasan según qué líneas torpedeando así nuestro derecho a vivir en paz.


La democracia no puede actuar con ingenuidad frente a quienes la utilizan para degradarla. Hay que plantarles cara y negarse a seguirles el juego a quienes viven del escándalo. Si nuestros foros y el sistema de convivencia que nos hemos dado lo abrimos sin más a los intolerantes, estos lo utilizarán sin rubor ni comedimiento alguno, como ya están haciendo, hasta situarse en una posición que les permita acabar con el sistema democrático del que se sirvieron para crecer hasta llegar.


Nada de esto implica limitar la libertad de expresión. Al contrario, se trata de protegerla. No todo puede valer en democracia. Si no vemos esto claro, nos exponemos a que todo acabe saltando por los aires. Aún estamos a tiempo de corregir el rumbo, pero eso es algo que exige voluntad, determinación y, sobre todo, memoria. Si nos vuelve a pasar lo que ya nos pasó hace noventa años porque se nos ocurra olvidarlo o quitarle importancia, los únicos culpables seremos nosotros. Los fascistas están haciendo su trabajo ¿Estamos haciendo los demócratas el nuestro?


J.T.

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