viernes, 28 de noviembre de 2025

"Los derechos humanos no son un concurso"



En el corazón del Senado, el pasado 27 de noviembre José Pablo López, presidente de RTVE, dejó claro que el servicio público audiovisual no es un cortijo particular ni un altavoz para agendas ideológicas, sino un instrumento al servicio de la ciudadanía, de los derechos humanos y de la verdad incómoda. López reafirmó la postura de RTVE: no participaremos en Eurovisión 2026 si Israel sigue en el certamen. "Los derechos humanos no son un concurso".


Un acto de coherencia moral que sitúa a RTVE por encima de los intereses geopolíticos y comerciales que hipotecan a tantas emisoras europeas. En la comparecencia de este mes ha habido informes técnicos sobre presupuestos y programación –se han anunciado proyectos como La gran aventura de la lengua española, presentado por Iñaki Gabilondo, o Aprobado en historia con Alba Flores, dedicados a rescatar nuestra memoria colectiva, desde el exilio republicano hasta la vibrante diáspora cultural–. Pero lo más destacable ha sido el choque frontal con la deriva reaccionaria que PP y Vox intentan imponer en el servicio público. 


Mientras López defiende la no neutralidad ante el horror –"El entretenimiento no es una ocasión para la irresponsabilidad"–, los portavoces de la ultraderecha y sus aliados conservadores desatan un vendaval de improperios, acusaciones de "imparcialidad sesgada" y demandas de autocensura. Vox ha arremetido contra la cobertura de RTVE sobre la dictadura franquista, tildándola de "liberticida". Claro, por lo visto es mucho mejor un borrado de la historia para que las narrativas supremacistas de la ultraderecha prosperen sin testigos.


En cuanto al PP, parece claro que no les interesa reformar; lo que les urge es colonizar. Recuerden: fue el PP quien, en 2012, manipuló la elección de directivos para convertir RTVE en un panfleto preelectoral. López les ha respondido con datos: pérdidas reducidas, compromisos con la producción interna y transparencia total en contratos. 


La comparecencia del presidente de la Corporación RTVE del pasado jueves ilustra el abismo entre una RTVE renacida y una derecha que sueña con un medio sumiso. En tiempos de posverdad, donde Vox pontifica con monólogos ridículos y el PP obstruye la justicia social, comparecencias como esta son oxígeno puro. 


"No participaremos en Eurovisión 2026 si Israel sigue en el certamen, los Los derechos humanos no son un concurso" Confota comprobar que en momentos como estos RTVE no seaneutral ante la injusticia y se muestre beligerante con ella, como por otra parte es su obligación Que el PP y Vox se revuelvan todo lo que quieran.

J.T.

jueves, 27 de noviembre de 2025

“Un periodista deja de serlo cuando miente”



Destaco esta frase para titular la reseña del contundente discurso que el Gran Wyoming pronunció la noche de este miércoles en Barcelona, durante la gala de los Ondas, cuando recogió el premio de mejor comunicador tras veinte años al frente de “El Intermedio”. Corto y pego a continuación las frases a mi juicio más destacables de su intervención:


“Yo tengo el pelo blanco pero no miento, que quede claro esta noche aquí.


Quiero agradecer al equipo del programa no haber emitido ninguna mentira, jamás se lo hemos consentido tampoco a ningún invitado en los veinte años que llevamos en antena.


Llevo más de cuarenta años en la televisión y nunca, como ahora, he visto el sistema democrático tan amenazado. Gran responsabilidad de esto la tienen personas responsables de medios que bajo el disfraz hipócrita de la pluralidad y la libertad de expresión ceden espacio con todo el cinismo del mundo a intoxicadores que ocupan el terreno de la información para soltar falsedades, insidias, mentiras. 


“A mí nadie me da clases de periodismo” dicen cuando se les cuestiona. Es que no son clases de periodismo, son clases de decencia elemental. Quiero acordarme de los profesionales de la información que están siendo señalados, desde la impunidad de los cargos públicos, por el delito de desenmascarar mentiras. Quiero acordarme de ellos también hoy aquí, y para remate también de lo que hemos escuchado recientemente en la sala Segunda del Tribunal Supremo, donde se ha ratificado y legalizado la mentira como un arma estratégica. 


Hemos escuchado decir “yo no soy yo notario, yo soy periodista” con lo cual… tienes bula para mentir. No, un periodista deja de serlo cuando miente, ese no es su cometido; es más, quiero ir más allá: sí, un periodista es un notario, y quiero que sea también garante de la verdad porque como ciudadano, exijo una vez más el derecho constitucional a la información veraz.  


Concluyo con un ruego simplemente: exigiros, por favor, luchar contra los enemigos de la libertad. Estuvieron, están y estarán ahí, y solo les cabe una duda que nos la exponen con la chulería de los señoritos de los Santos Inocentes: si entrarán con lanzallamas o con motosierras. 


Aprovecho que estoy en el Liceo para citar a un cantante de la zona,  bueno es de Alcoy pero da igual: “No, jo dic no, diguem no, nosaltres no som de eixe mon”.


Está todo grabado, pero pienso que es bueno también que según qué cosas queden reflejadas por escrito.


J.T.


miércoles, 26 de noviembre de 2025

La justicia como espectáculo

Estoy de acuerdo con Jordi Juan, director del diario La Vanguardia, cuando plantea en su columna de hoy que “valdría la pena preguntarnos si las grandes transformaciones que se han producido en este país en el terreno social, económico, político, e incluso en el ejército” llegarán algún día al estamento judicial. Muchos juristas, recuerda, consideran que la existencia aún de tribunales como la Audiencia Nacional , herencia directa del franquista TOP (Tribunal de Orden Público), es inexplicable a estas alturas.

Cuesta entender buena parte de los episodios ocurridos en los últimos tiempos en el mundo de la judicatura. Cada mañana nos desayunamos con un nuevo capítulo que confirma que la justicia en España funciona como una máquina vieja, llena de ruido, con piezas sueltas y un desmadre impropio de la respetabilidad de la institución. Ahí está el fallo del Tribunal Supremo contra el Fiscal General del Estado cuya sentencia aún desconocemos. El juicio a la familia Pujol se celebra en la obsoleta Audiencia Nacional y da comienzo ¡trece años después! de iniciada la causa. Claro que aún puede que haya a quien le parezca poco si lo compara con el Caso Poniente, el escándalo de corrupción ocurrido en la localidad almeriense de El Ejido hace diecisiete años y cuyo juicio se encuentra aún pendiente de celebrarse. De la Gürtel y tantos otros vergonzosos asuntos que todos nos sabemos de memoria para qué hablar. 


¿Qué explicaciones técnicas pueden justificar estas eternidades procesales? Los implicados envejecen, los testigos desaparecen, los delitos prescriben, ¿nadie está en condiciones de decir hasta aquí hemos llegado, se ha acabado ya este cachondeo? Más tomaduras de pelo: un juez instructor joven detiene la semana pasada en Almería a la cúpula del PP en la Diputación y en el partido, estos dimiten, sí, pero a los pocos días, el juez deja la causa, ¿no es maravilloso?


Más: ahí tenemos a Peinado y su obsesiva instrucción contra la mujer del presidente del Gobierno a partir de la denuncia que unos fascistas elaboraron con recortes de prensa, o el juicio que en breve dará comienzo en Extremadura contra el hermano de Sánchez, o a tres miembros del tribunal que ha de redactar la sentencia contra el fiscal general impartiendo cursos pagados por entidades que lo acusaron. 


La derecha y la ultraderecha han convertido los tribunales en su principal plataforma política y el Gobierno continúa sin coger el toro por los cuernos. Hacen falta reformas profundas: renovación del CGPJ, límites claros en los tiempos procesales, mecanismos de responsabilidad para los jueces que actúan políticamente, disciplina estricta para los magistrados que participen en actividades financiadas por partes interesadas. Pero nada de esto sucede, ¿por qué?


Hasta un rotativo tan moderado como La Vanguardia dedica este miércoles su editorial a este asunto admitiendo que “si quiere restaurar su prestigio”, la judicatura tendrá que empezar a hacer las cosas de otra manera. Me temo que más les vale esperar sentados.


J.T.

lunes, 24 de noviembre de 2025

Doce cosas que un periodista no debe hacer jamás



1. Ponerse de perfil. El periodismo neutral no existe. Existe el periodismo honesto.


2. Chantajear para obtener una información.


3. Acudir a una rueda de prensa donde no se admitan preguntas. Entre otras cosas  porque entonces ya no será una rueda de prensa.


4. No hacer la pregunta que sabes que tienes que hacer por miedo a represalias o a la ira del entrevistado.


5. Aceptar que las personas o instituciones sobre las que has de informar se hagan cargo de tus gastos de desplazamiento u hotel.


6. Hablar de oído sin documentarse ni verificar.


7. Dejarse tentar por la vanidad. Eres quien eres porque trabajas donde trabajas, publicas y llevas a cabo un trabajo. Sin los medios y la infraestructura en la que te apoyas, no serías nada.


8. Ser amigo de los políticos, o de los futbolistas si te dedicas a la información deportiva, o de los directores de cine si haces crítica cinematográfica. Ellos en su sitio; tú en el tuyo.


9. Adoptar la jerga que usan las personas sobre las que informas, ya sea una religión, una institución militar, boy scouts o una marca de electrodomésticos. Se habla y se escribe para informar de lo que pasa, no para promocionar nada.


10. Desperdiciar el tiempo que se debe dedicar a investigar y buscar información propia interviniendo en tertulias de radio o de tele. No a la todología!


11. Olvidar que nuestra situación es un privilegio; que el acceso a los protagonistas lo tenemos en nombre de todos. Representamos a quienes no están y quieren saber, así que nuestra obligación es ser los ojos y los oídos de nuestros lectores, transmitirles lo que vemos y oímos con la mayor fidelidad posible. 


12. Olvidar que los premios son un arma de doble filo. Entiendo que cueste no aceptarlos, pero sé de muchos que desde que recogieron según que galardón o recibieron según que nombramiento vieron mermado para siempre su margen de maniobra profesional.


Y para acabar, dos cosas más:


- Tus jefes te valorarán -y respetarán- solo si tienes criterio propio y lo defiendes; si te limitas a cumplir sus órdenes e instrucciones a rajatabla como si fueras un mercenario, te despreciarán. 


- El periodista es testigo, nunca protagonista.


J.T.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Algo importante se quedó sin hacer


¿Sería mucho pedir que esta semana que entra nos dejaran respirar un poco? No sé a ustedes, pero a mí los días pasados me han dejado exhausto: Mazón exasperándonos a todos (un poquito más si cabe) durante su comparecencia en el Congreso, a Ábalos le piden 24 años de prisión, a Cerdán lo sacan de la cárcel, la cúpula del PP almeriense es detenida por presunta corrupción, se conmemora el cincuenta aniversario de la muerte de Franco, el Tribunal Supremo adelanta ese mismo día el fallo condenatorio al fiscal general del Estado sin haber redactado aún la sentencia, los actos de la llegada de la monarquía se celebran sin la presencia de Juan Carlos porque nadie sabe cómo gestionar esa patata caliente…


A alguien debe parecerle que cincuenta años sin volver a liarla son ya muchos porque en unas fechas que debían tenernos a todos relativamente relajados nos mantienen en cambio inquietos cuando no cabreados y desesperados a tenor de un clima político, jurídico y periodístico cada día más antipático e irrespirable. ¿A quién beneficia esta atmósfera tensa y encanallada? 


Visto como mero espectador, el espectáculo produce vergüenza ajena, así que imagino que visto desde el extranjero debe parecer una ópera bufa. Jueces contra fiscales, periodistas contra políticos, políticos contra periodistas, un jefe de la oposición que cada vez que abre la boca sube el pan, un defraudador confeso, novio de una presidenta autonómica, cantando victoria porque le ha ganado un pulso al fiscal general.


Mientras esperamos conocer la redacción de la sentencia, los fundamentos de derecho por los que se condena a García Ortiz, el esperpento avanza y el guión diseñado por los crispadores sigue su camino. Frotándose las manos están, porque ahora toca ocuparse de la mujer y el hermano del presidente del Gobierno, igualmente encausados de manera absurda y cuyas sentencias, me temo, volverán a ser un insulto al sentido común. 


Se están burlando de todos nosotros en vivo y en directo con impunidad y alevosía. Y estamos siendo derrotados, porque la sentencia del Tribunal Supremo contra el fiscal general del Estado es una derrota colectiva. Yo creo que perdemos todos, incluso los que se creen que ganan. Resulta muy pesado lidiar con todo esto; en la España moderna y desarrollada donde vivimos, en la Europa de 2025, es una vergüenza que nuestra justicia haya decidido parecerse a la de según qué países latinoamericanos. 


El magistrado emérito José Antonio Martín Pallín sostiene que el fallo contra García Ortiz es lo más parecido al golpe de Estado contra Lula, Dilma Rousseff, Evo Morales o Rafael Correa y a mí me parece que tiene razón. Solo falta que la ultraderecha gane aquí las elecciones y así, quienes embutidos en sus togas practican el lawfare contra cargos de confianza y familiares del presidente del ejecutivo acaben, como ocurrió con el juez Sergio Moro en Brasil, formando parte del gobierno de nuestro Bolsonaro particular. 


Algo importante se ha quedado sin hacer en estos cincuenta años. Demasiadas puertas se cerraron en falso. Hacer limpieza a medias es dejar la casa sucia. Tanta chapuza, tanto remiendo y roto mal cosido, tanto tacto para no herir sensibilidades de quienes no se merecían ninguna consideración son las que han acabado desembocando en esta especie de distopía de la que no conseguimos zafarnos. El PSOE pudo cerrar el franquismo en 1983 ó 1985 con cuatro o cinco medidas, reconocía Iñaki Gabilondo hace unos días. Ellos sabrán por qué no lo hicieron, pero no se hizo y los devotos de la dictadura volvieron a recuperar músculo.


Esta semana, esperemos, conoceremos en qué se han basado los jueces para condenar al fiscal general. Mucho me temo que los argumentos estarán cogidos con papel de fumar. La sentencia se recurrirá y probablemente se revoque pero el daño ya estará hecho. Hay quienes sostienen que tanto descaro se puede volver en contra de los descarados. Para Soledad Gallego Díaz, el PP podría salir perjudicado de todo esto y según Máximo Pradera, la fachosfera podría estar incubando el germen de una gran movilización de izquierdas. Con un establishment tan cerrado, hostil y dispuesto a torcer las reglas, afirma, el personal acabará diciendo más pronto que tarde hasta aquí hemos llegado.

 

Alabo el optimismo de quienes lo ven así, pero de momento quienes nos llevan al paso que quieren son los enemigos de la convivencia en paz. Como decía más arriba, cincuenta años sin liarla parda les debe parecer ya demasiado tiempo. A ver esta semana que entra qué tal se nos da.


J.T.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Tellado el provocador



La intervención este viernes de Miguel Tellado en “La Hora de la 1” de TVE no podemos dejarla pasar sin más. Grosero, provocador y agresivo, parecía resuelto a sacar de sus casillas a Silvia Intxaurrondo como fuera, así que a medida que transcurrían los minutos y no conseguía su objetivo, el secretario general del PP incrementaba su dosis de insolencia y desafío.


Acusó de “manipulación”, habló de “golpismo judicial”, se quejó de la “utilización política de los medios públicos”, y lo hizo olvidando todo el tiempo un pequeño detalle: ningún dirigente de izquierdas podría a día de hoy expresarse así en una televisión autonómica gobernada por el PP, entre otras cosas porque es muy posible que careciera de tal oportunidad.


Los ataques de los populares a RTVE son todo un ejercicio de estrategia política cuya intención es intentar desacreditar al medio público e ir preparando el terreno para la escabechina que piensan consumar apenas tengan la oportunidad. Ya se sabe, la única duda es si entrarán con motosierra o con lanzallamas. 


Este viernes Miguel Tellado estaba aplicando la hoja de ruta tan habitual ya entre las derechas ultras y las ultraderechas de todo el mundo con Trump a la cabeza: convertir al periodista en enemigo y la desinformación en práctica habitual. Además de condicionar el debate, lo que buscan es instalar la narrativa de “ellos contra nosotros” y, en nuestro caso, impedir que la televisión pública les plantee preguntas incómodas. Si criticas su gestión o le pides aclaraciones sobre testimonios confusos, acto seguido te acusarán de parcialidad y no desaprovecharán para intentar intimidar, amedrentar y, por qué no, amenazar llegado el caso. 


Mientras nuestro iracundo personaje se empeñaba en construir un relato de victimismo para su partido, la periodista mantenía la calma, contestaba con educación y repreguntaba con serenidad. Sus réplicas -“Interesantísima su opinión, la anoto, por supuesto”, desarmaban los ataques del dirigente pepero y mostraban a la audiencia que existe manera de mantener la calma frente a la violencia verbal y continuar con tu trabajo periodístico.


Intxaurrondo no cedió al marco que Tellado trataba de imponer, negó con firmeza haber usado términos como “golpismo judicial” y mantuvo sus preguntas incómodas sobre la Sala Segunda del Supremo y los chats de Ignacio Cosidó. En cada intervención dejaba claro que su papel no es ser la voz de nadie, sino hacer cumplir el derecho del ciudadano a estar lo mejor informado posible. Mientras exista un periodismo así y haya quien lo practique, no todo estará perdido.


Es una cuestión de higiene democrática que el periodismo no deje nunca de ser incómodo, que cuestione por sistema y no se someta jamás a la lógica de los partidos. Necesitamos medios públicos capaces de resistir la presión política, proteger la pluralidad informativa.Y profesionales que puedan hacer su trabajo con tranquilidad sin el constante aliento de los intolerantes en la nuca. En la medida en que menos les guste a los políticos su trabajo, mejor lo estarán haciendo.


J.T.


viernes, 21 de noviembre de 2025

Guerracivilista Ayuso



Isabel Díaz Ayuso ha vuelto a convertir una comparecencia en un ejercicio de agitación política. Tras la condena del fiscal general del Estado por parte del Supremo, la “declaración institucional” este viernes de la presidenta de la Comunidad de Madrid no parecía precisamente buscar calma, ni prudencia, ni respeto institucional. Ha buscado, una vez más, incendiar los ánimos para a continuación presentarse como bombera. Su discurso ha sido la recreación de un país al borde de una nueva guerra civil, una exageración calculada para reforzar la idea de que España vive bajo una dictadura mientras que ella, en cambio, representa la libertad.


Calificar de “guerracivilista” la situación actual mientras ella es quien más la empuja hacia ese precipicio es profundamente irresponsable. Muchos juristas llevan meses advirtiendo del peligro que supone convertir la política en un ring donde cada palabra sea un golpe bajo. Lo que Ayuso denuncia como clima de crispación es exactamente lo que ella propicia cada vez que abre la boca. Ese doble juego degrada el debate público y golpea directamente la convivencia entre ciudadanos que, hasta que ella llega con su megáfono, no estábamos en guerra con nadie.


La presidenta madrileña ha tenido el cuajo incluso de afirmar que “el presidente del Gobierno ha decidido dinamitar la separación de poderes”, que “no es el fiscal general del Estado, sino Pedro Sánchez quien se ha sentado en el banquillo” y que en España solo puede ganar “la autocracia o la libertad” ¿Qué tipo de convivencia puede florecer cuando se dibuja así al adversario político? El tono de la presidenta madrileña erosiona y desestabiliza, ese no es el camino.


Ese veneno cae, siempre, hacia abajo: divide familias, enfrenta compañeros de trabajo, alimenta bulos y normaliza insultos. Es un flaco favor, un daño social gigantesco disfrazado de épica libertaria. En el caso García Ortiz, Ayuso insiste en señalar a Sánchez como cerebro de una conspiración cuando el origen de la erosión institucional está precisamente en quienes, como ella y su equipo, llevan años utilizando la justicia como arma política. 


Con su retórica de “ellos contra nosotros”, Ayuso destruye puentes, levanta muros y convierte la política en un duelo permanente. Habla de libertad mientras dinamita cualquier posibilidad de convivencia pacífica, de justicia mientras empuja a la ciudadanía hacia un clima de sospecha mutua. Habla de España mientras la divide en dos bandos irreconciliables.


Si este país quiere avanzar, necesita menos incendios verbales y más responsabilidad institucional. Menos guerra imaginaria y más democracia real. Menos Ayuso en modo trinchera y más políticos capaces de dejar de pelear y dedicarse a gobernar, que es para lo que los elegimos. Necesitamos vivir en paz pero Ayuso, cada vez que habla, lo pone un poco más difícil.


J.T.

jueves, 20 de noviembre de 2025

Una sentencia judicial con la que perdemos todos


La sentencia del Tribunal Supremo contra el fiscal general del Estado es una derrota colectiva. Perdemos todos y no gana nadie. Calificar de “fallo histórico” o “bombazo jurídico” la  humillante multa y la vejatoria inhabilitación de dos años a que ha sido condenado Álvaro García Ortiz es quedarse muy corto.


Hago mías las palabras del magistrado emérito José Antonio Martín Pallín: “El fallo es lo más parecido al golpe de Estado contra Lula, Dilma Rousseff, Evo Morales o Rafael Correa”. El modus operandi es muy similar, y no olvidemos que Sergio Moro, el juez brasileño que llevó a Lula a prisión, acabó de ministro de Justicia de Bolsonaro. No digo ná y lo digo tó.


La sentencia completa tardaremos unos días en conocerla, pero el fallo ya se ha hecho público, certificando lo que nos temíamos, que el juicio iba a ser un paripé porque, con una mayoría conservadora en el tribunal, la absolución era difícilmente contemplable. Para más inri, se da a conocer hoy 20 de noviembre, cincuenta aniversario de la muerte del dictador. 


Ya no hace falta ejército para torcer la voluntad democrática: basta un puñado de jueces, fiscales, policías y periodistas para poner en solfa el resultado de lo que decidimos en las urnas. Son una minoría articulada en torno a un mismo proyecto desestabilizador. Las togas han apostado de nuevo por el esperpento, como cuando no hace demasiado tiempo decidieron encarcelar a nueve políticos catalanes en penales donde se vieron obligados a perder cuatro años de sus vidas: solo por pensar diferente, por defender sus ideas independentistas, por hacer posible que la ciudadanía votara y expresara su opinión.


Hoy el Supremo  ha homenajeado al dictador, ¿cómo respetar a la justicia cuando esta se empeña en que no la respetes? Iñaki Gabilondo sostiene este jueves en La Vanguardia que el PSOE pudo cerrar el franquismo en 1983 ó 1985 con cuatro o cinco medidas, pero llegó un día en que esos sectores cogieron más músculo”. Exacto. Se les dejó crecer, se les dejó consolidar territorio. Y así andamos nada menos que medio siglo después del 20N, hechos unos zorros.


Hay demasiados jueces que actúan movidos por impulsos políticos, se encarga de recordadnos de vez en cuando Baltasar Garzón, víctima en su día de la persecución de sus propios compañeros. En resumen, que una vez más toca trabajar y pelear para que los mecanismos democráticos que marcan nuestra convivencia se impongan a tanta reminiscencia franquista como se empeña en continuar presente en nuestras vidas.


J.T.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

¡Qué hartazgo de corrupción!


Por mucho que las derechas sean tramposas, mentirosas y corruptas, a ningún partido que diga ser de izquierdas se le puede permitir actuar con esos mismos registros. Mientras entre los socialistas haya quien robe, este partido carecerá de autoridad moral para proclamarse de izquierdas. Ser de izquierdas obliga a ser decente. 


La corrupción en España tiene que dejar de ser una constante histórica que se regenera como una hidra a la que nunca hay manera de cortarle todas las cabezas. Llevamos décadas contemplando el mismo espectáculo, con los mismos actores, cambiando únicamente el color de la camiseta. Desde los años ochenta hasta hoy, el bipartidismo (y adláteres) ha caminado siempre con un pie en la institución y otro en la tentación a la que no parecen hacerle muchos asquitos a la hora de sucumbir.


Ya en los años ochenta del siglo pasado, aquel impoluto PSOE que prometió cambiar las cosas se metió de lleno en el fango con casos como Filesa o Ibercorp. Del lado popular la lista es kilométrica: Gürtel, Púnica, Lezo, Taula, Brugal, los papeles de la caja B… Por no hablar del tres por ciento de Convergència en Catalunya. Cuarenta años repitiendo los mismos patrones. Todo una manera de funcionar, nada de “unas cuantas manzanas podridas”, porque se trata de algo sistémico.


Socialistas y populares se suelen insultar los unos a los otros afeándose todo tipo de transgresiones de la ley, y el común de los mortales andamos muy hartos de tanta indecencia. Estos días los titulares hablan del caso Koldo, que afecta a los dos hombres de mayor confianza en su día de Sánchez, José Luis Ábalos  y Santos Cerdán, este último hoy en libertad tras cinco meses de prisión preventiva. Y en el PP, las detenciones del presidente y el vicepresidente de la Diputación de Almería y del alcalde de un pueblo de la provincia aumentan la lista de escándalos del partido que todavía preside Feijóo.


El sistema de contratación pública español es un buffet libre para quien ocupa el cargo adecuado y conoce a la empresa adecuada, y ese es el problema que nadie corta de raíz. Mientras un político pueda decidir quién gana un contrato, y un empresario sepa que “conviene llevarse bien” con quien firma, habrá corrupción en el bipartidismo (y adláteres). Da igual la generación. Da igual el discurso regenerador. El mecanismo es el mismo porque la tentación es mucha y el control escaso.

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Seguimos padeciendo escándalos porque la corrupción es rentable, rápida y, en demasiadas ocasiones, sin consecuencias reales para quienes se benefician de ella. Ninguno de los dos grandes partidos ha tenido jamás la voluntad de desmontar el tinglado que les ha dado financiación, poder territorial, favores cruzados y lealtades interesadas durante décadas.


¿Se puede parar esta inercia? Sí. ¿Lo van a hacer quienes viven de ella? Lo dudo. Y mientras nadie corte de raíz la relación directa entre el político que adjudica y el empresario que cobra, mientras no exista un muro infranqueable entre uno y otro y no haya supervisión independiente y automática seguiremos como hasta ahora: con escándalos viejos, escándalos nuevos y un país entero preguntándose cómo es posible que no consigamos acabar con los sinvergüenzas.


J.T.

martes, 18 de noviembre de 2025

Juan Carlos y el aniversario de Franco: entre la historia que pudo ser y la que él mismo arruinó


El debate sobre si Juan Carlos de Borbón debería aparecer en los actos por el 50º aniversario de la muerte de Franco dice más de España que de él. A estas alturas, insistir en rescatar al rey emérito del rincón borroso de la historia en que él mismo se ha metido es un ejercicio de nostalgia mal entendida. Pero aun así, hay quien sigue empeñado en vestirlo de símbolo democrático, ignorando décadas de sombras que ya nadie puede esconder bajo de la alfombra.


Los defensores de su presencia se aferran a ese relato oficial que lleva repitiéndose medio siglo: “el rey que trajo la democracia”. El historiador Charles Powell, uno de los intérpretes más amables con su figura, escribió hace años que Juan Carlos “facilitó” la transición política, aunque sin exagerar su papel porque “las fuerzas del cambio venían de la sociedad española”. Santos Juliá fue claro: “La democracia no la trajo el rey, sino los ciudadanos que la conquistaron”. Pero esta frase, que debería estar grabada en mármol, sigue siendo ignorada por quienes se empeñan en convertir al emérito en un héroe a la fuerza.


Desde sectores conservadores se insiste en mantenerlo en el canon institucional. El PP defendió hace poco una moción para reafirmar su papel “determinante” en la Transición. Su relato sigue siendo el de 1978, como si nada hubiera pasado desde entonces y el tiempo se hubiera congelado antes de conocerse sus andanzas, los escándalos financieros o las obscenas irregularidades que precipitaron su salida abrupta de España. 


Por otra parte, voces que conocen de cerca la Transición desmontan esos mitos. Cristina Almeida recuerda siempre que “la democracia la conquistó la gente en la calle, no en los despachos del poder”, y que el rey fue “un elemento más, pero no el protagonista que quieren vendernos”. Paul Preston, en uno de sus análisis más incómodos para los monárquicos, matiza que Juan Carlos jugó un papel útil en momentos cruciales, pero que su reinado “se vio empañado por actuaciones posteriores que dañaron gravemente su legitimidad”.


Incluso dentro de la memoria histórica, organizaciones como la ARMH han sido contundentes: el rey emérito fue “designado por el dictador” (asunto este del que el viejo monarca se jacta sin ambages en varias páginas de su reciente libro) y su presencia en actos que recuerdan aquel periodo “no es un homenaje a la democracia, sino un recordatorio de la continuidad del régimen”. 


Y ahora, en pleno aniversario de la muerte de Franco, vuelve el debate. ¿Debe aparecer Juan Carlos? ¿Debe blanquearse su figura bajo el paraguas de la reconciliación? Para quienes creen que la historia se escribe con brochazos gruesos y sin revisar nada, parece que sí. Pero va a ser que no: Juan Carlos I hace mucho que desaprovechó su oportunidad, que tiró su dignidad por la borda. Pudo haber sido, como decía Manuel Vázquez Montalbán, “un rey que entendiera que su destino era marcharse sin ruido” pero eligió los excesos, los privilegios y el insulto a la inteligencia de muchos ciudadanos que en su momento llegaron a admirarle.


Su presencia en los actos del 50º aniversario de la muerte de Franco sería, más que un gesto institucional, una ofensa simbólica, una falta de respeto al país que se supone que representó. Juan Carlos tuvo su ocasión de oro y la dejó escapar. España no le debe nada.


J.T.