lunes, 13 de abril de 2026

Cae Orbán en Hungría, pero no llega la primavera


Europa respira, Bruselas sonríe y media prensa occidental se ha puesto a descorchar champán como si hubiera caído el Muro de Berlín otra vez, pero no. Quien ha caído es Viktor Orbán tras 16 años en el poder. Gran noticia, es verdad, pero conviene no confundir un cambio de cara con un cambio de sistema.


El vencedor, Péter Magyar, no es precisamente un outsider ni un opositor histórico. Es, literalmente, un producto del propio sistema Orbán. Durante años fue miembro de Fidesz, el partido que moldeó Hungría a su imagen y semejanza desde 2010. Allí Magyar ocupó cargos institucionales, trabajó en la órbita del poder y formó parte de ese engranaje que ahora promete desmontar “ladrillo a ladrillo”.  Fue marido de Judit Varga, la ministra de Justicia que dimitió envuelta en el escándalo de los indultos a pedófilos, y se formó en las entrañas del poder orbánico. Tuvo póster de Orbán en su habitación de adolescente, trabajó en sus gobiernos y conoció de primera mano cómo se repartían los contratos, cómo se controlaban los medios y cómo se construía un Estado paralelo de lealtades y prebendas. Cuando se hartó, o cuando el escándalo le salpicó demasiado cerca, dio el portazo


Su campaña ha sido magistral: ha denunciado la corrupción, ha prometido recuperar los 20.000 millones de euros bloqueados por Bruselas, ha hablado de sanidad, educación y Estado de derecho. Pero su programa no es el de un progresista ni el de un liberal clásico. Tisza es un partido conservador, de centro-derecha, nacionalista y duro con la inmigración irregular. Magyar no va a abrir las fronteras, no va a legalizar el matrimonio igualitario ni va a convertir Hungría en un paraíso arcoíris. Mantendrá el control migratorio, defenderá la “identidad húngara” y someterá a referéndum la adhesión de Ucrania a la UE. Condena la invasión rusa, sí, pero no enviará armas ni soldados. En resumen, la misma Hungría conservadora de siempre, solo que ahora con mejor relación con Bruselas. 


Que nadie se engañe: Magyar no es la izquierda llegando al poder, ni siquiera un liberal al uso. Es un conservador que comparte buena parte del ADN ideológico de su antecesor. La diferencia clave, y casi única, es su europeísmo. Donde Orbán confrontaba con Bruselas, Magyar quiere reconciliarse; donde el primero bloqueaba fondos y decisiones, el segundo aspira a desbloquearlos; donde uno jugaba al eje con Moscú, el otro mira a la OTAN y a la UE. 


Ahora bien, ¿es eso suficiente para hablar de “nuevo rumbo”? Si la expectativa es recuperar formas democráticas más ortodoxas, probablemente sí haya avances en la lucha contra la corrupción, cierta despolitización institucional y una mejor relación con Europa. Todo eso está en su programa y explica parte de su éxito, pero si alguien espera una Hungría progresista, abierta y radicalmente distinta se equivoca. Magyar ha ganado desde dentro del sistema y su credibilidad, de hecho, se apoya en eso, en conocer los mecanismos del poder que ahora denuncia.


Hungría ha votado cambio, es verdad, pero no ruptura. Ha votado una versión corregida del modelo anterior, más amable hacia Europa, menos tóxica en lo simbólico, pero no necesariamente opuesta en lo estructural. Por eso la derrota de Orbán puede ser celebrada, y con razón, como el fin de una etapa incómoda para la Unión Europea. Pero de ahí a lanzar las campanas al vuelo hay un trecho.


Quizá el mayor error ahora sería proyectar sobre Magyar lo que no es. Tengámoslo claro: Magyar no es un revolucionario. En el mejor de los casos, puede que sea un reformista conservador con instinto de supervivencia política. Pero hasta ahí.


J.T.

domingo, 12 de abril de 2026

La apuesta de Irene Montero y Gabriel Rufián

Xavi Domènech, en el centro, modera el debate del pasado jueves en 
la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona entre Irene Montero y Gabriel Rufián


No me gusta el malmenorismo. No me gustan que se amparen en que viene el lobo como excusa para continuar tragando. No me gusta cómo ha quedado el acuerdo de las izquierdas en Andalucía para concurrir a las elecciones autonómicas del 17 de mayo. No me han gustado nada las presiones, por no decir el chantaje, al que han sometido a personas como Juan Antonio Delgado relegándolo a un humillante puesto número 6 de la lista por Cádiz amparándose en que las bases de Podemos dictaminaron apostar por la unidad. No me parece una buena noticia que a esa “unidad” le dé el visto bueno la candidata socialista María Jesús Montero. Cuando el PSOE duerme tranquilo con la correlación de fuerzas a su izquierda, algo falla, o algo falta.


Dicho esto… reconozco que los siguientes datos son ciertos: Gabriel Rufián concentra más apoyos (por encima del 50 por ciento) que cualquier otro dirigente de izquierdas. Le sigue Irene Montero con un 10, Emilio Delgado (Más Madrid) con un 8 y Antonio Maíllo (IU) con un 5, según una encuesta de 40db que señala también cómo el político catalán es el preferido entre votantes de ERC, Podemos, BNG, EH Bildu y Sumar. La consulta de Sigma Dos realizada entre el 16 y el 31 del pasado mes de marzo entre dos mil personas entrevistadas dice preferir una coalición de izquierdas liderada por Rufián y Montero. Que esto le guste también al 53 por ciento de los votantes del PSOE no sé bien si es bueno o malo, pero es. 


“Yo no quiero gobernar España”, dijo Rufián el pasado jueves en la universitat Pompeu Fabra. Y tras una estudiada pausa, añadió: Lo que quiero es que se gobierne bien España”. Consciente de su patrimonio político, parece que tiene ganas de usarlo diga lo que diga Esquerra Republicana pero sin dejar de mantener el compromiso con el partido al que pertenece. Complicado ejercicio de malabarismo del que su formación se desmarcó el pasado viernes: “Podemos ayudar,  pero no resolveremos, porque no podemos, las disputas de la izquierda española”, escribió en su cuenta de “”X antes twitter Isaac Albert, vicesecretario general de Comunicación de ERC.


En Podemos, no obstante, se piensa a día de hoy que, si Esquerra aprovechara el efecto Rufián, la formación podría convertirse en la “nave nodriza” de todas las izquierdas de la nación catalana. A día de hoy, consideran que han callado la boca a quienes les acusaban de no querer la unidad. Admiten haber entregado Andalucía porque defienden las luces largas en un momento político como el que estamos viviendo, un momento en el que los mismos preconizadores de la unidad salen a la palestra a clamar “¡esa unidad, no!” cuando se encuentran en ella a Irene Montero. 


“Más de lo mismo con los mismos”, sostienen como papagayos los Antones Losada del tertulianismo. Primero desacreditar y luego, si viene al caso, analizar. Pero si son buenos como analistas políticos, y cuando quieren lo son, saben que Pablo Iglesias tiene razón al afirmar que “cuando se produce un proceso de desborde, nadie se puede resistir y todo el mundo acaba subiéndose al barco”.


No sé si en este caso acabará siendo así, pero no hay duda que, a pesar de que Montero y Rufián no aportaron muchas pistas en su debate del otro día, pusieron nerviosa a mucha gente porque se mostraron dispuestos a dar la cara y buscar caminos de entendimiento para, desde las izquierdas, frenar la amenaza fascista antes de que sea demasiado tarde.


Quiero pensar que no “nos queda solo una bala”, como afirmó Rufián, pero es cierto que más vale dejarse de tonterías, remangarse y empezar a buscar cómo demonios salimos de esta. Creo que lo que se haga ha de hacerse restituyendo a Podemos el sitio que le corresponde. Porque, cuando en este país temblaron las derechas, el fondo ideológico era de Podemos y las iniciativas más rompedoras fueron siempre de Podemos, así como la capacidad de presionar a Pedro Sánchez y compañía, que no conseguían dormir tranquilos, los pobres.


Por eso me preocupa que la socialista María Jesús Montero, la misma que llamaba “cabezón” a Pablo Iglesias cuando eran compañeros en el Consejo de Ministros y este mostraba sus discrepancias, se manifieste ahora encantada de la vida con el acuerdo al que han llegado las izquierdas en Andalucía.


Que sí, que todo muy bien, que no queda más remedio y tal, pero que una formación como Izquierda Unida esté atada de pies manos por su deuda con los bancos no es precisamente un buen comienzo. Como tampoco ayuda la eterna propensión de una parte de la izquierda a conformarse con una pequeña porción del pastel con tal de continuar teniendo asegurados un silloncito y un sueldecito.


 “Lo que podemos hacer en el futuro es más importante que cualquier cosa que hayamos hecho en el pasado”, concluyó Irene Montero el otro día. Quiero pensar que es posible y que saldrá bien, pero admito que me cuesta. Es lo que hay.


J.T.



sábado, 11 de abril de 2026

La reaparición de Carmen Romero



Durante más de trece años vivió en el palacio de la Moncloa. Era la mujer de Felipe González cuando este presidió el gobierno de la nación, pero su espacio era su espacio y siempre procuró marcar perfil propio. Carmen Romero, setenta y nueve años, decidió hace unos días volver a salir a escena para ayudar a María Jesús Montero, candidata socialista a presidir la Junta de Andalucía, durante la precampaña y la campaña electoral de las elecciones autonómicas convocadas para el próximo 17 de mayo.  Nos hacen falta un millón de votos más”, señaló. Y para recuperar todos los posibles, ha decidido ponerse a disposición de su partido. 


Romero se afilió al PSOE en 1968, cuando al partido le faltaban aún más de ocho años para ser legalizado. Profesora de Literatura y traductora, militó en UGT Enseñanza, peleó para que existiera un mínimo del 25 por ciento de representación femenina en las listas electorales cuando llegó la democracia y se presentó a diputada por Cádiz en 1989. Catorce años estuvo en el Congreso, y cinco en Bruselas como eurodiputada. Cuando le diagnosticaron un cáncer de mama en 2014, se retiró con la misma discreción con la que siempre había vivido. Y ahora ha pensado que tenía que volver. "Estoy aquí como homenaje a esta generación nuestra. Cuando hay incertidumbre, hay que mirar al pasado para reforzar la autoestima”, dijo al presentar a Montero en un acto público celebrado hace unos días en Sevilla. 


Nada que ver con González, padre de sus tres hijos y con quien durante cuarenta años compartió vida. Él ha tirado casi todo su patrimonio político anterior por la borda; ella mantiene una coherencia que sus cercanos conocen de siempre y que ahora exhibe en público porque asume que puede ser útil. Él se ha instalado en el olimpo de los “estadistas” que critican al actual gobierno de coalición; ella sigue en la trinchera, en su línea de compromiso y de militancia de siempre. 


Carmen Romero ha vuelto para trabajar y no para dar lecciones a nadie; Felipe, en cambio, posa con las derechas dejándose mecer por la cuna de la crispación, la insidia y el frentismo. Hace unos días se mostró encantado de la vida al compartir, también en la capital andaluza, un acto con Moreno Bonilla en honor a la duquesa de Alba. Para eso ha quedado aquel abogado laboralista que vestía chaquetas de pana y que, apadrinado por Olof Palme y Willy Brandt , se codeaba con François Mitterrand y toda la crème de la crème de la internacional socialista. Él mismo apuntó cierto día que los ex presidentes son como los jarrones chinos, que llega un momento en que nadie sabe dónde colocarlos ni qué hacer con ellos. Nunca imaginé que llegara a tener tanta razón con aquella ocurrencia.


Un viejo líder que no acepta el paso del tiempo frente a la militante que, sin hacer ruido, sigue creyendo en la causa ¿Qué le ha pasado a Felipe González? ¿En qué momento decidió dedicar su vida a torpedear aquello que él mismo ayudó a construir? Carmen Romero, por el contrario, ha decidido ayudar con el mismo talante de siempre y haciendo el mínimo ruido posible. Toda una lección.


J.T.

viernes, 10 de abril de 2026

"El periodista que no molesta al poder acaba siendo parte de su decoración"


Hace unos días la Red de Activistas de Sevilla tuvo a bien distinguirme con uno sus premios donde "reconocen la trayectoria de personas y organizaciones que impulsan la transformación social, la justicia y la igualdad". Entre los premiados en su segunda edición figuraban también, entre otros, Javier Pérez Royo, Rubén Sánchez, la organización AMAMA o Antonio Dechent. Todo un honor que agradecí con unas palabras cuyo texto reproduzco a continuación:

"Amigos de la Red de Activistas, no os podéis imaginar cuanto os agradezco este privilegio. Da gusto disfrutar del aire que se respira en atmósferas como esta. Gente crítica, libre e independiente. Y ya se sabe que el poder en España perdona todo menos la independencia. Esto último lo solía decir Gregorio Morán, compañero que murió el pasado 23 de febrero tras habernos dejado libros eternos sobre la  transición, el partido comunista o el País Vasco. Sin olvidarnos de su imprescindible "El cura y los mandarines"También decía Morán que el periodista que no molesta al poder acaba siendo parte de su decoración y que hay en nuestro país más periodistas pendientes de conservar la silla que de hacer preguntas. En un contexto como el sevillano yo añadiría que puede que haya más pasos de semana santa que periodistas con la posibilidad de trabajar de manera libre e independiente.

No son buenos tiempos para el oficio periodístico, como no lo son tampoco para las políticas progresistas, y por eso me parecen hermosos encuentros como este, donde constatamos que no estamos solos y nos retroalimentamos para seguir en la pelea. Yo no soy activista, no soy mucho de megáfonos ni pancartas pero tengo un teclado y la determinación de no callarme frente a las injusticias. He pagado y estoy dispuesto a seguir pagando el precio pero merece la pena. El periodista que no molesta al poder, algo está haciendo mal.


Esto último lo aprendí de mi querido Fernando Reinlein, que también ha muerto este 2026, el pasado 15 de enero. Reinlein fue militar en el franquismo, de la Unión Militar Democrática (UMD), estuvo en la cárcel, lo echaron del ejército y Juan Tomás de Salas, el presidente del Grupo 16, lo convirtió en periodista. Fue compañero y maestro y en estos últimos años de su vida, retirado en el Cabo de Gata, cuando le preguntaba qué hacía me contestaba: yo por las mañanas no hago nada y por las tardes lo paso a limpio. Era mentira, porque hasta el final miró al poder con espíritu crítico y, cuando hacía falta, con bastante mala leche. Nació el día de la República de 1945.

 

El periodismo no es una profesión más. De nuestro trabajo depende que la sociedad pueda ejercer su derecho a estar bien informada. De nuestro trabajo, aunque no solo de él, depende la libertad, la igualdad y la democracia. Por eso no caben excusas para mentir u ocultar. En caso de hacerlo se nos deberían exigir responsabilidades profesionales e incluso penales. Esto tampoco es mío. Lo escribió Carlos Hernández, otro compañero que hemos perdido el pasado 3 de febrero. Un cáncer se lo ha llevado a los 56 años. Su trabajo en materia de memoria histórica está pidiendo gente que lo continúe. En su carta póstuma, que Olga Rodríguez dio a conocer cuando falleció, Carlos insistía en que las víctimas del nazismo y de otras dictaduras no dejaron de repetir nunca que el fascismo no había muerto, que seguía agazapado esperando el momento de resurgir. A ver si entre todos conseguimos que no acabe teniendo razón.


Gracias, queridos amigos de la Red de Activistas. La iniciativa de estos premios me parece todo un halago y todo un hallazgo.Dejando a un lado que hoy me haya tocado a mí estar aquí subido, os auguro un gran futuro porque es una gran idea. Somos más, aunque se nos vea poco. Como decía antes, seguiremos en la

pelea. 


Y para terminar, permitidme que me ponga en modo

Bardem: ¡No a la guerra y Viva Palestina Libre!


Sevilla, 18 marzo 2026

jueves, 9 de abril de 2026

El colchón de la discordia



Por fin ha conseguido Feijóo encontrar el escándalo que llevaba buscando desde que Sánchez duerme en La Moncloa. ¡El colchón! El colchón en el que dormían Mariano Rajoy y señora y que Pedro osó cambiar nada más tomar posesión de su cargo en junio de 2018, tras ganar la moción de censura. Un colchón nuevo donde, para más inri, duerme también Begoña Gómez, ¿habrase visto mayor descaro? ¡Que la procesen! Seguro que consiguió un descuento en el Corte Inglés. ¡Despilfarro! ¡Tráfico de influencias! ¡No a la prioridad personal sobre el bien común! Con lo limpio que es Rajoy, menuda afrenta tirar a la basura el lugar donde su paisano leía el diario Marca cada mañana. 


¿Quizás continuó usando Mariano el mismo colchón que Zapatero? Y Zapatero… ¿lo heredó de Aznar y Aznar de Felipe? En cuanto a Calvo-Sotelo, lo cambió o no lo cambió? En un sinvivir estoy hasta que me saquen de dudas, que me digan cuántas veces se ha cambiado el colchón de marras desde que Suárez trasladó allí la sede de la presidencia del Gobierno, por favor. Semejante cuestión de Estado no puede permanecer oculta por más tiempo. Gobernar sobre el colchón del anterior es la metáfora perfecta de una política sin sobresaltos, mullida, conservadora en el sentido más literal del término, que es a lo que imagino que aspira Feijóo, quien resume su frustración recurriendo a un chiste, porque esperemos que fuera un chiste, ¿no? Él no cambiará nada cuando se instale allí, como buen gallego ahorrador, mantendrá el colchón aunque huela a ocho años de sanchismo. Eso sí que es grandeza de espíritu, aunque no resulte precisamente muy higiénico. Me pregunto cada cuánto tiempo cambiará las sábanas en su casa quien lleva tres años sin ser presidente porque no quiere.


Uno no sabe si desempolvar a Quevedo o a Valle-Inclán para encontrar precedentes de semejante elevación de lo doméstico a lo trágico. Hay algo profundamente esperpéntico en imaginar el relevo institucional reducido a una escena de alcoba, con un colchón convertido en símbolo de continuidad del Estado. Feijóo parece haber decidido que el gasto público se mida en muelles, viscoelásticas y fundas nórdicas. Quizá en su mundo ideal, los presidentes deberían heredar no solo el cargo, sino también las almohadas, las colchas, el pijama, de franela en invierno, claro está y, ya puestos, hasta los sueños –y las pesadillas. de su antecesor. 


Igual, cuando se celebren las próximas elecciones generales, vuelve a no ser presidente porque no quiere… tener que dormir en el mismo colchón que Sánchez. No sé si cuando se le calentó la boca diciendo esa tontería se dio cuenta que si de verdad gana, que no le caerá esa breva, se verá obligado a no cambiar el colchón. En casa igual lo están corriendo a gorrazos.


J.T.


miércoles, 8 de abril de 2026

En defensa de Javier Ruiz y su trabajo periodístico


En el oficio periodístico hay momentos en los que uno tiene que elegir bando. No vale esconderse detrás de la equidistancia impostada ni del “todos tienen parte de razón”. O estás con el periodismo entendido como servicio público, o estás con el ruido organizado que pretende domesticarlo. Y en esa línea divisoria aparece estos días un nombre propio, Javier Ruiz.


Lo que está ocurriendo con su trabajo en Mañaneros 360 de RTVE es una operación de desgaste en toda regla. Primero se cuestiona su trabajo, después se amplifica la crítica desde determinados altavoces y por último se construye un relato donde el problema ya no es lo que hace, sino lo que representa. Javier Ruiz no molesta por una presunta inexactitud en la que todos los periodistas podemos incurrir en algún momento, sino por una forma de hacer periodismo que incomoda a quienes prefieren una televisión pública dócil, previsible y, sobre todo, inofensiva.


El papel de la FAPE (Federación de Asociaciones de la Prensa) resulta especialmente sangrante. Ese corporativismo selectivo que aparece con contundencia en unos casos y se desvanece en otros significa que eligen cuándo indignarse en función de quién está al otro lado. Lo que debería ser un escudo para los periodistas se convierte en una herramienta de señalamiento. Lo mismo que ocurre con el llamado Consejo de Informativos de TVE cuyos miembros, en lugar de proteger la pluralidad, han elegido alinearse con quienes buscan exactamente lo contrario. Nada que ver con el espíritu fundacional con el que nació este organismo.


Vamos a ver si nos aclaramos y se lo dejamos claro a los lectores y a los espectadores: Pluralidad no es incomodar solo a unos ni repartir críticas con calculadora. Pluralidad es abrir ventanas, introducir miradas distintas y asumir que el servicio público es eso, servicio público. La llegada de José Pablo López a la presidencia de la Corporación trajo consigo un compromiso explícito, que era reforzar la pluralidad y recuperar el sentido de lo público. Eso, que debería ser una obviedad en una radiotelevisión estatal, ha acabado por convertirse en un histérico campo de batalla donde los fascistas y partidos políticos afines amenazan con entrar a saco para acabar con tamaña osadía motosierra o lanzallamas mediante.


En ese contexto, Javier Ruiz se ha convertido en algo más que un periodista. Javier es uno de los ejemplos de que se puede hacer televisión pública con vocación de servicio, con voluntad de explicar y hacerlo de manera incómoda sin necesidad de caer en la propaganda. Su manera de trabajar, directa, incisiva, nada complaciente puede gustar más o menos pero nadie le puede discutir que cumple con algo esencial, que pone el foco donde hay que ponerlo aunque moleste. Y parece claro que molesta. A los de siempre, claro. Por eso la reacción es tan virulenta en alcanforadas instituciones como la FAPE. No se trata solo de desacreditar a una persona, sino de marcar territorio. De lanzar un mensaje diciendo “hasta aquí”. Un “hasta aquí” que no va dirigido solo a Javier Ruiz, sino a cualquiera que entienda el periodismo como una herramienta que ha de pensar antes en el espectador que en quienes mandan, una advertencia a cualquier otro u otra que ose fiscalizar el poder y no lamerle las botas. 


Conviene no engañarse, lo que está en juego en estos momentos es la idea misma de servicio público, la posibilidad de que RTVE sea un espacio útil, honesto y plural en un ecosistema mediático cada vez más polarizado. En última instancia, estamos hablando de la dignidad del oficio periodístico. Así que sí, toca defender a Javier Ruiz. Con su trabajo disfrutamos de algo que a día de hoy lamentablemente escasea, que es la decidida voluntad de contar, de explicar, de incomodar. En el oficio periodístico, esa manera de hacer las cosas es imprescindible e innegociable. Por eso quieren acabar con ella. 


J.T.

martes, 7 de abril de 2026

Ayuso profana el Gernika



Con tal de crispar, no hay charco en el que no se meta. Estos días le ha tocado al Gernika estar en la diana de Isabel Díaz Ayuso. Si puedo tensionar, para qué voy a andarme con miramientos. Si puedo calificar de “ciega, absurda y cateta” la intención del Gobierno vasco de exhibir temporalmente el cuadro de Picasso en el Guggenheim de Bilbao, por qué me voy a callar. Escuchar en su boca el término Gernika suena a profanación. Gernika, no Guernica, como seguro le escribió en el texto su ventrílocuo MAR. 


La presidenta madrileña puede que no, pero su asesor sí que sabe que Picasso pintó el cuadro en París en 1937 para el Pabellón de la República en la Exposición Universal de esta ciudad y que después recorrió Europa y América en exposiciones que lo maltrataron sin piedad: enrollados, desenrollados, vibraciones, humedades…  MAR sabe también, aunque Ayuso se lo calle, que el Gernika sufrió restauraciones en los años 40 y 50 precisamente por los estragos de tanto traslado y que luego estuvo décadas en el MoMA de Nueva York hasta que la democracia española permitió su regreso en 1981, como había exigido Picasso. Primero fue exhibido en el Casón del Buen Retiro y desde 1992 se encuentra en el Museo Reina Sofía. Ha sido un nómada de la memoria antifascista. Ahora, cuando el lehendakari Imanol Pradales solicita un préstamo temporal, del 1 de octubre de 2026 al 30 de junio de 2027, coincidiendo con el 90 aniversario del bombardeo de Gernika y del primer Gobierno Vasco, Ayuso sale a la palestra a incordiar sobre el asunto sin que nadie le haya dado vela en ese entierro. 


Los técnicos del Reina Sofía desaconsejan el movimiento por razones de conservación. Muy bien, es una cuestión técnica, no política, que se resuelva pues en los despachos de los expertos, con informes rigurosos y punto. Pero Ayuso se empeña en montar el pollo. Siempre un agravio que inventar, una bandera que ondear o un centralismo rancio que defender. El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, que refrenda a los técnicos que se oponen al traslado, se ha explicado esta vez con una argumentación aceptable: “Entiendo la sensibilidad detrás de esta petición -ha dicho. Estamos hablando de una obra vinculada a la memoria de Gernika y al dolor que simboliza. Mi obligación es garantizar el acceso a la cultura pero también garantizar el patrimonio. En cuestiones como esta hay que escuchar a los técnicos que conservan la obra desde hace 30 años.” 


Desde un punto de vista estrictamente político, Pradales tiene toda la razón al reivindicarlo. El Gernika nació como denuncia del terror sobre una ciudad vasca, es símbolo de la barbarie franquista y, por tanto, de la memoria de Euskadi. Reclamar su presencia temporal en Bilbao es coherencia histórica. Lo mismo que sacar a Franco de Cuelgamuros fue en su día un gesto de dignidad democrática. 


A la presidenta madrileña le trae más bien al pairo si el Gernika se estropea o no en el traslado. El caso es incordiar.


J.T.

lunes, 6 de abril de 2026

Emérito y caspa en la Maestranza sevillana


Te pones a escribir una crónica bufa y no te sale tan redonda como la realidad misma. Han pasado 24 horas y todavía no doy crédito a lo del emérito este domingo en la plaza de toros de la Maestranza. No por la densidad de caspa que rodeó al personaje sino por lo que me parece un descarado desafío a las tragaderas de la ciudadanía media. Se la suda todo, se la debió sudar siempre aunque nos enteráramos demasiado tarde y ahora, huido, abandona por unas horas a sus amigos del Golfo para restregarnos su desprecio por la cara. 


Pasando por alto el carácter desafiante de un viaje así y el dinero que debió costar, como ciudadano me siento insultado por la presencia de Juan Carlos de Borbón ayer en la Maestranza. En Sevilla, el domingo de resurrección es el día que cada año se inaugura la temporada taurina; el momento en que, en torno al albero, vuelve ese aroma rancio que mezcla incienso, olor de puro y colonia cara para presenciar un espectáculo tercermundista que se resiste a admitir su declive. En esta ocasión, el cartel incluía la reaparición de Morante de la Puebla y al Borbón no se le ocurrió mejor idea que salir pitando de Emiratos Árabes para no perderse el “acontecimiento”.


Toda una osadía que la sevillanía más añeja se dispuso a capitalizar sin pudor alguno: palco de honor, vítores a la entrada y a la salida, vergonzosas aclamaciones y foto al lado de su hija Elena con los toreros del cartel; instantánea que, confieso, en un principio pensé que se trataba de una travesura de la Inteligencia Artificial ¡Qué vergüenza, por favor! ¿De verdad que estas cosas están sucediendo en el año 26 del siglo XXI? ¿De verdad que ocurren en mi querida ciudad?


La verdad es que me importa poco lo que, como consecuencia de todo esto, pueda estar repercutiendo en la institución que representa su hijo. Pero dado que Felipe VI es aún Jefe del Estado, no se me ocurre mayor ultraje hacia él que el perpetrado por su propio padre. Ellos sabrán, pero en lo que concierne a lo institucional, alguien debería pegar un puñetazo encima de la mesa y poner este culebrón familiar en su sitio, al margen de los focos y de nuestra vida diaria. Lo de padre e hijo empieza a parecer una serie interminable, el uno intentando preservar el menguante crédito de la monarquía y el otro empeñado en dejar huellas dactilares por todas partes.


El emérito actúa como quien ya no tiene nada que perder, pero… ¿desde cuándo lleva actuando así, haciendo lo que le sale de las narices e importándole todo un bledo?  Si hoy lo hace con este desparpajo, ¿cómo debió hacerlo durante su reinado, cuando cortesanos, allegados y medios de comunicación nos contaban milongas sobre su vida y milagros ocultando celosamente su verdadera manera de proceder?


Y a todo esto la caspa sevillana aplaudiendo genuflexa, ¡qué bochorno! ¿Son ellos solos los que apuestan por la amnesia y el peloteo? Mucho me temo que no. Ayer Morante de la Puebla, Roca Rey y David de Miranda torearon seis toros y el Borbón nos toreó a todos una vez más. Morante cortó dos orejas y el emérito nos hizo un corte de mangas. Con ovación y vuelta al ruedo. Ya puestos, podían haberlo sacado a hombros por la Puerta del Príncipe. 


J.T.

domingo, 5 de abril de 2026

Kitchen, la cloaca que el PP cocinó y la justicia dejó a medias


Luis Bárcenas, ex tesorero del PP y 

Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior con M. Rajoy


Parece que por fin comienza el juicio de la Operación Kitchen, uno de los episodios más turbios habidos en la democracia española reciente. Un gobierno del Partido Popular puso al Estado (ministerio del Interior, policía y fondos reservados) al servicio exclusivo de salvar su propio pellejo. Se espió y se intentó robar documentación hasta con falsos curas de por medio para que a su ex tesorero, un siniestro personaje llamado Luis Bárcenas, le resultara imposible difundir todo lo que sabía sobre la caja B del partido en el caso de que llegara a proponérselo. Se llegaron incluso a destruir discos duros a martillazos.


Como han pasado nada menos que trece años del comienzo de esta historia, un pequeño ejercicio de memoria igual no viene mal del todo. En 2013 el PP, primera legislatura de M. Rajoy, ya llevaba seis años investigándose el Caso Gürtel, una red de corrupción política de su partido que cada día que pasaba olía peor. La libreta donde el tesorero había ido apuntando los ingresos en negro que el PP recibía, donaciones de constructoras sobre todo, era auténtico oro molido. En ella constaban cuidadosamente anotados nombres, cantidades, quién donaba, quién cobraba, en definitiva cómo se repartía ese dinero entre los altos cargos del partido. Aquello acabó con su propietario en prisión y a los populares les entró el tembleque. Había que hacer algo.


Ese algo es lo que hoy se conoce como Caso Kitchen, una maniobra que, con la mayor celeridad y sin el menor de los escrúpulos, se puso en marcha desde el ministerio del Interior, cuyo titular por aquel entonces era el opusdeísta Jorge Fernández Díaz. Una operación parapolicial pagada con fondos reservados, es decir, dinero público para espiar al tesorero, a su mujer y a su familia, reclutar a su chófer, Sergio Ríos, como confidente y quitarle a Bárcenas agendas, ordenadores, documentos y todas aquellas grabaciones que pudieran incriminar a la cúpula del PP. El objetivo era que las pruebas que tenía Bárcenas nunca llegaran a Pablo Ruz, el juez que por entonces se encargaba del Caso Gürtel. 


Como el lector puede imaginarse, los implicados han hecho durante años todo lo posible para no tener que pagar judicialmente por esta tropelía. Parece que no lo consiguieron del todo, aunque en el banquillo del juicio que por fin parece que va poder celebrarse no están todos los que tendrían que estar. Según la instrucción, se sentarán once personas, entre ellas el ex ministro Jorge Fernández Díaz y su número dos, Francisco Martínez, ex secretario de Estado de Seguridad. La Fiscalía Anticorrupción pide para cada uno 15 años de cárcel por malversación de caudales públicos, delitos contra la intimidad (descubrimiento y revelación de secretos) y encubrimiento. Junto a ellos será juzgada la brigada política del PP, comisarios como Eugenio Pino, director adjunto operativo; José Manuel Villarejo, el perejil de todas las salsas cloaqueras, Andrés Gómez Gordo y otros mandos acusados de llevar a cabo el trabajo sucio, es decir los seguimientos, los robos, pagos en negro y la destrucción de material comprometedor. Estos son los que cocinaron la operación, pero ¿alguien puede creerse que todo esto se realizara sin el conocimiento de “instancias superiores”?


Está previsto que M. Rajoy y María Dolores de Cospedal declaren como testigos el 23 de abril, pero no como acusados. Manuel García-Castellón, el ínclito juez al que le tocó instruir parte de la causa, ya se encargó en su día de archivar posibles responsabilidades de ambos pese a la enorme cantidad de indicios acumulados que situaban a Rajoy y a otros miembros de su entorno como conocedores directos de la operación. La Sala de lo Penal avaló el archivo. En resumen que Fernández Díaz, según la tesis judicial que ahora se juzga, actuó en solitario. Como si un ministro del Interior pudiera montar semejante operativo sin que el presidente del Gobierno y la secretaria general del PP estuvieran al tanto de lo que se cocía en el partido que dirigían.


La ya célebre caja B era una manera de funcionar que venía de lejos en el Partido Popular, y no solo en el Partido Popular. Desde tiempos inmemoriales las empresas pagaban en negro a cambio de contratos públicos y ese dinero servía para financiar campañas electorales y alimentar sobresueldos a los dirigentes del partido. En este caso Bárcenas tenía pruebas y si cantaba, gran ruina para el aparato pepero. Por eso usaron el Estado como si fuera una agencia de detectives privada al servicio del PP. Me voy a permitir repetirlo: fondos públicos para tapar una corrupción sistémica del partido, con la policía del Estado puesta al servicio de un interés particular. 


Veintiocho años después del juicio al socialista José Barrionuevo por los GAL, otro ministro del Interior, ahora del PP, se sienta en el banquillo. Pero la cadena de mando se corta convenientemente antes de llegar a Moncloa o a las sedes de Génova o Ferraz. La “X” siempre quedan al margen. Igual que las y griegas o las zetas. Es como si la democracia española dispusiera de un mecanismo automático de protección para los de arriba donde, aunque sea tarde, se juzga a los ejecutores pero quienes se encontraban por encima de ellos en la cadena de mando acaban yéndose siempre de rositas. 


Este juicio evidencia una vez más cómo se pudre una democracia cuando el partido que gobierna confunde las responsabilidades en las instituciones con su propio interés. Y no solo las confunde, sino que lo hace además contando con la anuencia de un sistema judicial que suele mirar para otro lado con la impunidad que proporciona saber que nadie les pedirá cuentas. Con el caso Kitchen, el PP usó el Estado para espiar y robar a su propio tesorero con tal de salvarse. Y la Audiencia Nacional, al no sentar en el banquillo a Rajoy y Cospedal, ha dejado la operación a medias. Cocinada, pero sin los verdaderos chefs.


Nada nuevo bajo el sol.


J.T.