Cuando éramos niños en mi casa solo había pan con sobrasada para desayunar. De merienda, como mucho, una onza de chocolate.
No teníamos cuarto de baño cuando nací. No sabíamos lo que era el butano ni la lavadora. Comprábamos barras de hielo que troceábamos para que la comida no se echara a perder y la bebida no estuviera caliente. Mi ropa era en un buen porcentaje lo que heredaba de mis primos mayores.
A los diez años gané mis primeras pesetas como recadero en la farmacia del pueblo durante el verano y desde los 14 trabajé regularmente todas las vacaciones de mi vida.
Estudié con becas, los veranos de la universidad los pasé en Mallorca, en Menorca, en Amberes... ahorrando para pagarme los estudios y poder mandar también dinero a casa.
Mi primera hipoteca la pagué al 18 por ciento de interés y cuando me separé me quedé sin casa, pasé pensión y tuve que empezar de nuevo. Conseguí un trabajo que me gustaba menos que el que tenía, pero en el que me pagaban más; volví a separarme por segunda vez bastantes años después, de nuevo fuera de casa, otra vez pensión...
No pasa nada, ya me desquitaré cuando llegue a los sesenta, pensaba, confiando en los años cotizados, recordando cómo habían sido los últimos años de mi padre, los mejores de su vida, y en la cobertura social de la que aún dispone mi madre a los 85 años.
He llegado a los sesenta y... qué ocurre ahora? Pues que el gobierno de mi país ha decidido que los de mi edad somos sospechosos de ser vagos, de querer aprovecharnos del sistema, de no querer dar un palo al agua y ha decidido restringirnos derechos y posibilidades hasta ahora vigentes. Derechos cuya desaparición nos mantiene como tristes trapecistas de la vida, en la cuerda floja Y practicando peligrosísimos equilibrios.
Desde pequeños, siempre en el filo de la navaja y sin verle el final al cuento. Mis hijas y mis amigos saben que no solo no me importa trabajar todo lo que sea necesario sino que suelo disfrutar con ello. Pero reclamo mi derecho, porque hasta este viernes ha sido un derecho, a empezar a levantar pedal y a no ser tratado por ello como sospechoso, que es lo que ha hecho el gobierno del PP con el decreto aprobado este viernes en el consejo de ministros. Un decreto al que han tenido la cara dura de ponerle como título "Medidas para favorecer la continuidad de la vida laboral de los trabajadores de mayor edad y promover el envejecimiento activo". Encima, recochineo. Si no me crees, pincha en este link.
No es mi estilo quejarme, no es mi intención que este desahogo parezca un alegato victimista. No solo no me asustan las dificultades sino que me crezco ante ellas, pero es que ¡manda cojones!
Definitivamente, la generación a la que pertenezco es una generación de pringaos.
J.T.



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