Ha muerto la ciudadana argentina Taty Almeida a los 95 años y con ella se marcha una de las últimas voces de aquella generación de mujeres que decidió enfrentarse a una de las dictaduras más brutales de América Latina armada únicamente con una fotografía, un pañuelo blanco y una pregunta que sigue resonando medio siglo después: ¿dónde están?
La historia es conocida, o deberíamos conocerla. Un hijo desaparecido, Alejandro Almeida, veinte años, estudiante, trabajador, militante. Secuestrado en 1975 y tragado por la maquinaria del terror mucho antes incluso del golpe militar de 1976. Como miles de argentinos y argentinas, fue convertido en ausencia.
El terrorismo de Estado instaurado tras el golpe militar de Jorge Rafael Videla buscaba destruir la memoria, no solo eliminar personas. Borrando nombres, historias y afectos se propusieron, y en parte lo consiguieron, convertir el miedo en herramienta de gobierno, convencer a toda una sociedad de que más les valía callar.
Fue entonces cuando muchas madres, amas de casa, mujeres que en circunstancias normales habrían llevado siempre una vida discreta y que jamás habrían podido imaginar lo que les sucedió, decidieron convertirse en activistas. Taty Almeida fue una de ellas.
Siempre me impresionó una frase suya: “Alejandro (su hijo desaparecido) me parió a mí”. Hermosa definición sobre el compromiso. Taty, junto al resto de madres y abuelas de la Plaza de Mayo, decidió dedicar el tiempo de vida que le quedara desde que tuvo claro que su hijo jamás volvería a impedir que el olvido acabara ganando.
El fascismo nunca desaparece del todo. Cambia de lenguaje, de rostro, se adapta a los tiempos pero jamás se va del todo. Por eso figuras como Taty Almeida resultan tan incómodas. Están ahí siempre, en su caso y en de las madres y abuelas de los demás desaparecidos por la dictadura argentina, dando vueltas en Buenos Aires a la Plaza de Mayo con su pañuelo blanco recordándonos lo que pasó.
Casi cincuenta años desmontando excusas, obligando a mirar de frente una realidad que algunos preferirían difuminar ¡Treinta mil desaparecidos! La mejor manera de honrar a Taty Almeida es entender lo que representó, la convicción de que la dignidad puede resistir frente al terror, la certeza de que ningún Estado tiene derecho a decidir quién merece existir y quién debe desaparecer. La obligación de defender la democracia cuando es imperfecta para no tener que llorarla cuando falta.
Se nos ha ido una una mujer admirable, sí, pero permanecen los pañuelos blancos y, sobre todo, la obstinación por no bajar los brazos jamás frente a la injusticia.
J.T.

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