El joven almeriense Javier Verdejo Lucas tenía diecinueve años la noche de agosto de 1976 en que un guardia civil lo mató en la playa de El Zapillo. De vacaciones en su tierra aquel verano tras terminar primero de Biología en Granada, continuó con el activismo político que había iniciado en la universidad, donde tras la muerte de Franco se hizo militante de la Joven Guardia Roja, organización juvenil del Partido del Trabajo de España (PT). Para su padre, Guillermo Verdejo Vivas, quien entre 1965 y 1969 había sido alcalde del régimen en Almería capital, Javier era el garbanzo negro de una familia que no reclamó que se esclareciera su muerte. Nunca se conoció el nombre de la persona que efectuó el disparo. Accidental, por supuesto, según la versión oficial.
La madrugada del pasado 14 de agosto se cumplieron cincuenta años de un episodio jamás aclarado. Aquella noche, Javier y varios compañeros decidieron realizar varias pintadas de protesta en las paredes de la playa almeriense. El lema escogido fue “Pan, trabajo y libertad”. El joven Verdejo llevaba un bote de pintura roja que nunca llegaría a agotar como tampoco pudo completar la frase que pretendía. Escribió con mayúsculas la P, la A, la N y luego una especie de punto en el que la tinta se desplazó hacia abajo. Estaba terminando la T cuando uno de sus amigos le alertó de la llegada de la guardia civil así que, sin pensárselo dos veces, dejó abandonados sus instrumentos de trabajo y echó a correr por la arena.
Alguno de sus compañeros contaría días más tarde que uno de los guardias le dio el alto y acto seguido disparó. Nada que ver con la versión oficial, donde se explicaba que hubo una persecución en la que los guardias dieron varias veces el alto con tan mala fortuna, mire usted por dónde, que uno de ellos tropezó y el arma se disparó. La bala le entró al joven por la garganta y salió por la región occipital. Los investigadores concluyeron que el tiro se realizó de frente y a una distancia de entre 7 y 10 metros, lo que era incompatible con la versión del disparo accidental durante una caída.
Una comisión formada por cuatro personas, entre quienes había un abogado y un periodista, decidió recopilar con discreción testimonios y pruebas materiales de lo que sucedió. Elaboraron un dossier con todos los datos que consiguieron reunir e intentaron entregárselo a Adolfo Suárez quien, ¡oh casualidad!, andaba de veraneo por las playas de Almería donde su hija Marian había sido elegida reina de las fiestas de Cabo de Gata la misma noche en que murió Javier. Por supuesto, no consiguieron entrevistarse con el flamante presidente del gobierno (llevaba mes y medio en el cargo) ni entregarle la documentación. El Juzgado Militar de Almería abrió un procedimiento previo y el Boletín Oficial del Estado publicó en noviembre de aquel año 76 un llamamiento para que comparecieran quienes pudieran aportar pruebas sobre la muerte de Javier Verdejo, pero aquellas pesquisas nunca terminaron con ningún responsable en el banquillo. Tampoco se llegó a conocer el informe forense.
Al entierro, que se ofició en la parroquia almeriense de San Pedro, acudieron unas dos mil personas. Cuando el féretro estaba prácticamente a punto de entrar en el coche fúnebre, la multitud se hizo con él y lo llevó a hombros hasta el cementerio. En un momento en que la llamada transición aún no había dado sus primeros pasos, un buen número de almerienses entre quienes destacaba Pedro Molina, años más tarde rector de la Universidad de Almería, desafió públicamente al aparato policial de un régimen cuyos usos y costumbres continuaban siendo tan franquistas como durante la dictadura. La presencia de Suárez en Almería en un momento histórico tan delicado debió poner nerviosa a demasiada gente. La actuación de Roberto García-Calvo, el gobernador civil de la provincia en aquellos momentos fue, cuando menos, controvertida. Miembro de la carrera judicial, acabaría siendo juez del Tribunal Supremo y más tarde integrante del Tribunal Constitucional
Al cumplirse medio siglo de la muerte de Javier Verdejo, la Universidad de Granada le ha dedicado una exposición con documentos, fotografías y testimonios. La propia institución pública lo recuerda como un estudiante que fue asesinado por la guardia civil cuando intentaba terminar una pintada que acabó convertida en símbolo de una época.
Inquieta que nadie haya podido explicar de manera satisfactoria, medio siglo después, por qué murió Javier, quién apretó el gatillo y por qué aquella investigación dejó tantas preguntas sin contestar. El nombre del guardia que disparó nunca se dio a conocer, el expediente militar desapareció del debate colectivo y la triste muerte de Javier Verdejo jamás se aclaró.
J.T.


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