Juan Manuel Moreno Bonilla, que lleva años intentando mostrarse como un personaje amable, moderado y dialogante, es un peligro viviente porque todo lo que predica es mentira. Se le creía situado en las antípodas del ruido madrileño a este preconizador de la "vía andaluza" que una y mil veces llegó a afirmar que jamás gobernaría con los fascistas porque “menudo lío”. Calificaba la llamada "prioridad nacional" de "eslogan hueco", de propuesta irreal o ilegal; rechazaba convertir la inmigración en una cacería electoral y mírenlo ahora. Helo aquí tragando con todo y dispuesto a pagar el precio que los intolerantes le han impuesto con tal de continuar subido en el caballo cuatro años más ¡Hasta 2030 y que se mueran los feos!
Bastó que le faltaran dos escaños para la mayoría absoluta para que en horas veinticuatro se olvidara de todo lo que había prometido en campaña. Merced a un acuerdo de 150 medidas con Vox, donde aparecen reseñadas las banderas ideológicas más casposas y rancias de esta ultraderecha irredenta que nos ha tocado en suerte, Moreno Bonilla continuará en su sillón. Tragará él, lo que significa que lo sufriremos todos, con la "prioridad nacional" en el acceso a recursos públicos, con el endurecimiento de las políticas migratorias, el cuestionamiento de la Agenda 2030 o los recortes en cooperación internacional. Y acabará adoptando medidas infames contra la memoria democrática además de promover nuevas rebajas fiscales que beneficiarán sobre todo a quienes más tienen.
Hay quien afirma que fue duro para él comparecer tras firmar la “capitulación”, que lo hizo con gesto compungido, como si de verdad estuviera triste por haber tenido que aceptar esa especie de matrimonio de conveniencia. Llegó a insinuar que se tragaba ese sapo por responsabilidad institucional, pero es mentira. Nadie le puso una pistola encima de la mesa, podía haber dicho que no, intentado explorar otros caminos, incluso podía haber asumido el coste político de volver a pedir la palabra a los andaluces pero no. Decidió tragar ¿Y por qué tragó? ¿Igual porque no le cuesta tanto trabajo como algunos piensan?
Sentará en su Consejo de Gobierno a la extrema derecha e intentará convencernos de que nada esencial ha cambiado, pero él sabe perfectamente hasta qué punto eso es imposible. Porque pretender normalizar un discurso que establece categorías entre ciudadanos según su origen o aceptar marcos ideológicos que cuestionan políticas de igualdad significa menos derechos para todos; rebajar la prioridad de la emergencia climática es una ruina y asumir postulados machistas y racistas que hace apenas unas semanas denunciaba como inaceptables es un precio muy, pero que muy alto que él sabrá por qué está dispuesto a pagar.
La historia demuestra que el totalitarismo rara vez llega dando un portazo. Casi siempre entra por la puerta de atrás, con buenas maneras, con voz pausada y apariencia de sensatez. Por eso hay que desconfiar de quienes, como el presidente andaluz, recurren a las lágrimas de cocodrilo cuando se quedan sin argumentos para explicar lo inexplicable.
J.T.

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