sábado, 29 de mayo de 2021

Frente a los discursos de odio, objeción de conciencia

“Permitidme una pregunta: cuando un facha, o un hater, un bot o como quiera que se llame difunde una mentira escandalosa, un bulo infumable, ¿por qué nos empeñamos en promocionarlo proporcionándole una cancha “viral” perfectamente evitable?” El eco de esta pregunta difundida a través de mis cuentas en redes, así como el elevado número de comentarios y “me gustas” que obtuvo me ha hecho pensar que igual es bueno insistir en esta idea todo lo que se pueda.

Veamos: aunque hayan pasado ya unos cuantos días, puede que merezca la pena analizar las recientes visitas de Santiago Abascal a Ceuta. Por una vez y sin que sirva de precedente voy a escuchar a mis tripas, a las emociones más primarias que el espectáculo fascista me hizo sentir durante la crisis de El Tarajal. Miro y remiro la foto del líder ultraderechista rodeado de micrófonos y no doy crédito. ¿Qué estaba haciendo ese hombre ahí? ¿a qué fue? ¿a ayudar quizás, a construir, a contribuir a encontrar lo mejor para su país, tan patriota él como presume ser? Ni por asomos.

Todo lo que Abascal soltó en aquellos canutazos fue antipatriótico, frentista, desestabilizador, su actitud en sí misma suponía una amenaza y una dificultad más para quienes desde el Gobierno de coalición trabajaban para encontrar una solución pacífica cuanto antes, una vía que no pusiera en riesgo ni la convivencia entre ceutíes ni las relaciones de vecindad de España con Marruecos.

Asustaba aquella actitud desafiante, pecho abierto en camisa entallada, ademanes que evidenciaban el desconocimiento de las reglas básicas que se aprenden en un servicio militar que él no cumplió y gestos bravucones que ni los más altaneros legionarios osarían esgrimir. En cualquier cuartel, y más en la Ceuta donde quien esto firma  hizo la mili en su día, tal manera de proceder hubiera acabado sin contemplaciones con los huesos del chulito en el calabozo.

Por no tener no tiene ni paso marcial, por no saber no sabe ni sacar pecho, sin olvidar que su manía de vestir dos tallas menos de la que le corresponde le lleva a marcar pezón de la manera más ridícula. Por eso, cuando los micros acuden a él como moscas al panal de rica miel para que suelte por su boca la habitual retahíla de insustancialidades a las que nos tiene acostumbrados es cuando se impone la reflexión moral sobre un fenómeno que me temo lleva tiempo yéndosenos de las manos.

Recapitulemos: con un incendio de dos pares de narices, el vecino país dando suelta a adolescentes engañados que atravesaban la frontera a nado, guardias civiles salvando bebés y voluntarios de Cruz Roja consolando a quienes llegaban exhaustos, vas tú y te pones a hablar de invasión y de muros infranqueables ¿Invasión? Es decir, ¿que Interior tendría que haberse comportado como en tiempos del PP, a balazos en el Tarajal contra ocho mil personas, era eso? En un momento de crisis así, por muy facha que seas y por muy en desacuerdo que estés con el gobierno de tu país, ¿qué demonios haces tú, patriota de pacotilla, echando más leña al fuego?

Esto pone sobre la mesa, una vez más, un tedioso debate del que convendría extraer conclusiones cuanto antes: ¿los medios de comunicación han de aceptar ser instrumentos al servicio de mensajes de odio, de declaraciones que destruyen la convivencia y amenazan el trabajo humanitario, político y diplomático? ¿los medios han de proporcionar voz a quienes se empeñan en violentar la convivencia?

La respuesta es un no como una casa. La respuesta, inequívoca y rotunda, es que los medios no pueden ser altavoces del odio. Quienes para propagarlo invocan la libertad de expresión están prostituyendo el concepto, el espíritu de lo que realmente es la libertad. No puede ser libertad lo que se hace para acabar con ella, ¿o es que nos hemos vuelto todos locos?

No hay que tener miedo a las críticas de los intolerantes. Abascal y su peligrosa cohorte, como demostraron el pasado lunes regresando a Ceuta y volviendo a provocar a pesar de la prohibición expresa de la delegación del Gobierno, están utilizando las reglas del juego democrático para acabar con la democracia y eso ha de tener un tratamiento informativo a la altura del desafío.

No son un partido democrático sino un partido dentro de las reglas de juego de la democracia a la que quieren subvertir, lo que es muy distinto. Por eso no podemos ejercer por más tiempo de tontos útiles ni de altavoces generosos a sus gratuitas invectivas. Ni con canutazos en la calle, ni con los tiempos que se les dedica en las televisiones, ya sea en informativos o en debates, tertulias o programas de entretenimiento. Las consignas frentistas y los mensajes de odio no pueden tener barra libre. Hasta los responsables de redes como twitter y facebook le cortaron las alas al mismísimo Donald Trump cuando este se pasó varios pueblos utilizando sus canales para difundir mentiras, odio y frentismo.

A quienes creemos firmemente en el derecho a una información plural y contrastada no tiene que seguir dándonos miedo decir a los fascistas que hasta aquí hemos llegado. No hay ninguna duda de que somos mayoría. Pero ninguna sociedad es inmune al contagio de las canalladas administradas tacita a tacita, al incesante goteo de mensajes racistas, xenófobos, machistas, violentos e insolidarios.

Como se preguntaba hace unos días en redes Óscar Camps, fundador de Open Arms, “si se podía ejercer la objeción de conciencia para no ir a la mili, bien se podría objetar cubrir los discursos de odio.” Se podría, se puede y se debe objetar, añado yo. Ya estamos tardando.

J.T.

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