lunes, 8 de julio de 2024

¿Respetan los jueces la Justicia?


El comportamiento de un buen número de jueces en España me recuerda con demasiada frecuencia el calvario padecido en Brasil por Lula da Silva y Dilma Rousseff en su día, o la descarnada manera en que fue y es tratado en Ecuador Rafael Correa, quien fuera presidente de ese país entre 2007 y 2017. Por poner solo dos ejemplos. Parece claro que la afición de las togas por influir en el devenir político es demasiado frecuente, y no solo en Latinoamérica. No necesitan someterse a proceso electoral alguno para ponerlo todo patas arriba, y lo ponen sabiendo que jamás pagarán por sus “errores” ¡Menudo chollo!


Quienes defienden esa manera de proceder ya pueden apelar a toda la letra pequeña que quieran para argumentar la pertinencia de tamaña distopía, o invocar si les parece el apartado equis del artículo zeta de la ley que les dé la gana, pero no hay que caer en la trampa, ¡ojo!, no se puede entrar en ese juego. Entre otras cosas porque los partidos de derechas y ultraderechas que se benefician de las tropelías judiciales suelen acabar recurriendo a la brocha gorda para traducirlas y justificarlas consiguiendo así, a base de bulos, mentiras y frases cortas pero muy repetidas, crear un atmósfera hostil al gobierno y propicia para influir en la voluntad popular a la hora de acudir a las urnas.


En España, la semana que acaba de terminar ha sido fina: empezamos conociendo que el Tribunal Supremo se piensa negar a aplicar la ley de amnistía en casos como el de Puigdemont, es decir, se declara en rebeldía ante una decisión del poder legislativo, que es la institución de donde emana la voluntad popular, no olvidemos nunca esto… y acabamos con la primera visita al juzgado de la mujer del presidente del gobierno por una imputación sobre la que los informes de la guardia civil, el cuerpo policial que ha llevado a cabo la investigación, concluyen que no hay caso. Al juez le da igual, él a lo suyo, puede liarla parda y para qué se va a quedar con las ganas. Pasado el tiempo, todo desembocará en nada, pero que le quiten lo bailao.


Me da que esa es la actitud de muchos jueces a día de hoy en nuestro país: que les quiten lo bailao. No les gusta este gobierno, no les gusta su composición ni sus decisiones y hacen uso de cuantos mecanismos “legales” tienen a su alcance (quien pueda hacer, que haga) para desmoralizar a la ciudadanía y desmotivar a quienes contemplen la opción de dedicarse a la política porque quieran intentar mejorar la vida de los más débiles y cuestionar a los fuertes.


La absolución del ultra Frontera, quien durante meses hizo la vida imposible a Irene Montero y Pablo Iglesias acosando tanto a ellos como a toda su familia a las puertas de casa, contiene como mensaje implícito un inequívoco aviso a navegantes: ¿quieres dedicarte a la política para cambiar las cosas, joven imberbe? Pues ya sabes lo que te puede pasar, que además de intentar desprestigiarte a base de bulos y portadas infames, de obligarte a pasear por los juzgados una y otra vez con cualquier excusa nimia que luego quedará en nada, además de intentar quebrarte a diario allá donde intervengas… también te pueden hostigar durante meses en tu propio domicilio porque total, luego los acosadores se van a ir de rositas si se os ocurre denunciarlos.


Como ha escrito Joaquín Urías, lo terrible de según qué comportamientos judiciales que se producen al margen de la voluntad popular es que estos no responden a razones jurídicas. Me pregunto si la Justicia con mayúsculas merece tanta profanación por parte de quienes la imparten. Y en cuanto a los jueces y juezas que hacen bien su trabajo, ¿les da igual que existan en su profesión quienes, actuando de manera sesgada, la desprestigian sin miramiento alguno? Porque mira que lleva tiempo sucediendo esto.


Otro caso que clama al cielo en la semana recién terminada es que haya tenido que pasar tanto tiempo para concluir, a estas alturas, que los altos cargos socialistas encarcelados por el asunto de los Eres en Andalucía no eran unos delincuentes. Tras diez largos años de acoso judicial, al final se han chupado año y medio en la cárcel y ahora va el Constitucional y les dice perdonen ustedes, que la sentencia que los condenó no era correcta, así que pueden irse a sus casas. Me pongo en la piel por ejemplo de Francisco Vallejo, exconsejero de Innovación o de Carmen Martínez Aguayo, exconsejera de Economía e imagino el trabajo que les va a costar volver a vivir la vida que les quede sabiendo que ya no podrán recuperar el tiempo que les han robado tanto a ellos como a sus familias.


No solo en Brasil o Ecuador pasan estas cosas, ¿verdad? ¡Qué horror! ¿Cómo se le puede tener respeto a una institución a la que los primeros que le faltan el respeto son justo aquellos que la representan?


J.T.




lunes, 1 de julio de 2024

Parir un ratón


Cuando piensas que las cosas van bien, seguro que algo se te está pasando por alto. Durante la semana recién acabada me vi echando mano de este conocido aforismo cada vez que se producía una teórica buena noticia. En el ámbito internacional las municipales italianas han supuesto un esperanzador traspiés para el fascismo, cuya lideresa ha sido también ninguneada en Europa; una buena mañana nos despertamos viendo a Julian Assange subiendo a un avión camino de la libertad…


En lo que concierne a nuestro día a día, la economía crece el 0,8 por ciento, la inflación baja dos décimas, el Tribunal Constitucional da el visto bueno a la reforma de la ley del aborto, lo que significa que las jóvenes de 16 y 17 años pueden interrumpir el embarazo sin necesidad de contar con el consentimiento paterno; la pareja de Ayuso no consigue negociar con la jueza como tenía previsto, la ley de amnistía comienza a aplicarse y ya hay casi veinte personas beneficiadas… 


Pero ya se sabe, la alegría en la casa del pobre siempre suele ser relativa y más bien escasa, así que ahí está por ejemplo, de nuevo resucitada, la persecución judicial contra Mónica Oltra, muestra inequívoca de la vigencia e impunidad del lawfare; ahí andan VOX y el PP ensuciando las celebraciones del Orgullo o torpedeando el reparto de menores inmigrantes entre las comunidades autónomas… 


Y mire usted por dónde, en medio de todo esto, tachán, tachán, Bolaños y González Pons se van a Bruselas, se estrechan las manos y firman la renovación del Consejo del Poder Judicial con gran pompa y alborozo, supervisión de la Comisión Europea mediante. Cinco años y medio largos para parir un ratón, un pacto que en las primeras horas hizo lanzar las campanas al vuelo a ingenuos y mentes biempesantes pero que, a medida que transcurren los días, la mayoría empieza a ver que, como decíamos al principio, no es que las cosas vayan bien, sino que algo se les debió pasar por alto.


El martes pasado en Bruselas se cerró un ciclo político en España. Para alegría de los amantes del bipartidismo, este vuelve por todo lo alto tras el paréntesis que se inició con la moción de censura que en 2018 descabalgó a Mariano Rajoy del poder. Por mucho que lo acosen, por mucho que se metan con su familia, por mucho que lo insulten, parece que el presidente Sánchez no está dispuesto a abandonar sus veleidades contemporizadoras. Ha mareado la perdiz un tiempo haciéndonos creer que la mayoría progresista que lo invistió podía hacer frente a la derecha, pero finalmente ha acabado rindiéndose a ella con armas y bagajes. Eso sí, tras cinco largos días de reflexión. El “punto y aparte” era esto.


Cuando veo a Aznar contento, a Cayetana sacar pecho, a Ayuso contemporizando y exultantes a los palmeros mediáticos de las derechas, no puedo menos que sentirme estafado. Niegan los socialistas que el pacto para reformar el CGPJ sea una bajada de pantalones y puede que lleven razón, porque más bien parece una rendición en toda regla. Una concesión para la que ni siquiera han tenido en cuenta a sus socios de coalición, cuyas declaraciones confusas y contradictorias dejan en evidencia hasta qué punto son ya una mera comparsa en el gobierno, un cero a la izquierda.


El carácter diverso y multilingüe de nuestro país y la riqueza de su pluralidad quedan relegados con esta decisión, la primera de otras muchas que sin duda vendrán después y cuyos muñidores han venido a calificar “pactos de Estado” como si el resto de formaciones políticas que conforman la cámara no representaran también al Estado. Él sabrá lo que hace, pero las veleidades equilibristas de Pedro Sánchez le sitúan desde la semana pasada en un alambre cada día más magullado. No se puede sobrevivir siempre a base de poner velas un día a dios y otro al diablo.


Es cierto que para la mayoría que sostiene al gobierno pesa mucho la amenaza de la llegada de la ultraderecha al poder. Pero eso no puede funcionar como coartada permanente. Tras el pacto de Bruselas, la sesión parlamentaria del día siguiente transmitió la  misma impresión que una representación teatral donde hasta los exabruptos parecían previamente ensayados.


En el pacto no hay medidas que impidan un nuevo bloqueo como el de los últimos cinco años y medio. Todas las decisiones que tome el Consejo General del Poder Judicial, entre ellas el nombramiento de los jueces del Tribunal Supremo, se tienen que hacer a partir de ahora por una mayoría de tres quintos de sus miembros. Traducción: el PP tendrá poder de veto. Por no hablar del peso que van a tener estos jueces en la reforma del sistema de renovación, algo que condiciona y recorta las competencias del poder legislativo.


Conclusión: es un acuerdo que desnuda, como cuando estuvo a punto de pactar con Albert Rivera, la propensión de Pedro Sánchez a escorar hacia la derecha. Semana pues de buenas noticias, pero no tanto. 


J.T.





lunes, 24 de junio de 2024

Maldigo la poesía de quien no toma partido


El vicepresidente de Aragón juega a comisario Villarejo y graba una conversación con el ministro Félix Bolaños, el presidente del Parlamento balear rompe una foto de una víctima de la guerra civil en plena sesión, la presidenta de Madrid condecora a un loco de la vida pasándose por el forro la legislación vigente y la lealtad institucional, el vicepresidente de Castilla y León no pierde ocasión de ensuciar la convivencia, el trío la,la,la de Vox en el Parlamento Europeo (hay quien lo llama el drink team) hace que sintamos vergüenza ajena cada vez que aparecen en escena…


Son estos solo unos mínimos apuntes, los más recientes, del momento distópico que andamos viviendo desde que el Partido Popular y su desnortado responsable decidieron echarse en brazos del fascismo demostrando así carecer de recursos y de ideas para ejercer una oposición responsable al Gobierno de coalición democráticamente elegido.


Unas palabras el otro día de María José Catalá, alcaldesa popular de Valencia, lo dejaron claro: “El final de la etapa ‘sanchista’ pondrá fin a la polarización”. De eso se trata, por si alguien tenía alguna duda. Solo habrá paz si el poder lo tienen ellos, y mientras eso no suceda, leña al mono por tierra, mar y aire. Cada mañana se ponen a la tarea siguiendo las instrucciones del gran batracio verde: “el que pueda hacer que haga, hay que dejar de ser espectadores para ser agentes activos, nos tenemos que movilizar…”


Y acto seguido, todos se ponen a la faena en primer tiempo de saludo. En el caso de los tertulianos repitiendo cada uno en el medio correspondiente el argumentario del día con las mismas palabras, sin molestarse siquiera en cambiar los sujetos, verbos y predicados que les envían al amanecer en el manual a de instrucciones. En el caso de quienes confeccionan titulares y escaletas, mintiendo y manipulando como si no hubiera un mañana…


Muchos jueces han perdido ya el pudor y ni siquiera se preocupan por taparse un poquito. Con una mano van desactivando delitos graves que conciernen a las derechas y con la otra activan causas que saben no llegarán a ningún sitio porque al final no tendrán más remedio que sobreseerlas o archivarlas. Pero como para que eso ocurra pueden pasar años, mientras tanto se garantizan portadas y aperturas de informativos señalando a inocentes, enervando el ánimo ciudadano e influyendo sin remedio en los resultados electorales.


¿Que se archiva algún procedimiento, como en el caso de Mónica Oltra? Pues no hay problema: se vuelve a abrir y punto. ¿Que amnistían a Puigdemont? Ninguna preocupación: ahora lo vinculamos con un posible caso de financiación rusa y que siga el lío. Muchos de quienes ocuparon cargos de responsabilidad en Podemos vivieron esto mismo en sus propias carnes durante años. Repasar muchas primeras páginas de ABC, El Mundo o la Razón de la última década produce verdadera vergüenza ajena: un auténtico ultraje al oficio periodístico, la mayor de las indecencias para intentar acabar con quienes consideraron y consideran una amenaza a la zona de confort en que las cosas llevan moviéndose durante cuatro largas décadas.


Y aquí tenemos las consecuencias: el crecimiento de la ultraderecha, desde las europeas con preocupantes ramificaciones frikis, y una atmósfera política y social cada día más irrespirable que funciona como caldo del cultivo del racismo, el machismo, el fascismo, la homofobia, la transfobia... Si me llegan a decir hace veinte años que algún día íbamos a estar así no hubiera dado crédito. Degeneramos.  Y degeneramos sobre todo porque, además de crecer el número de votantes a partidos ultras y protoultras, aumenta también la cifra de quienes se ponen de perfil, de quienes miran al suelo o al techo, de quienes se instalan en la indiferencia sin darse cuenta de que es precisamente esa actitud la que hace crecer el fascismo y la intolerancia.


Me duele especialmente esa indiferencia en quienes cuentan con algún tipo de relevancia social. Me dolió que alguien como Unai Simón, con compañeros de raza negra en el equipo donde él actúa como cancerbero, se pongan de perfil frente a una ultraderecha que amenaza la vida y el futuro de gentes con el mismo color de piel que Lamine Yamal o Iñaki Williams. Contra lo que algunos se empeñan en defender, el deporte es también política. 


No tomar partido es tomarlo, y quien tiene capacidad de influir en otros y pretende mantenerse al margen, a mí al menos no me representa por muy bueno que sea en su quehacer profesional. En el deporte, el cine o la música por ejemplo, las opiniones de sus protagonistas influyen en mucha gente. No es de recibo que intenten desentenderse como si la cosa no fuera con ellos, porque va con ellos. Estoy de acuerdo con Gabriel Rufián: más Ana Peleteiro y menos Unai Simón.


Cuando alguien con relevancia apuesta por la indiferencia está a su vez siguiendo las instrucciones del gran crispador, el muñidor de aquella terrible frase: “quien pueda hacer, que haga”. Por eso, remedando a Gabriel Celaya, maldigo y maldeciré siempre la poesía de quien no tome partido.


J.T.

lunes, 27 de mayo de 2024

Ya está bien de procrastinar, presidente


Teniendo en cuenta que haga lo que haga van a ir a por él, no tiene ya ningún sentido que Pedro Sánchez continúe dilatando aquellos asuntos urgentes en los que prometió meter mano cuando decidió resucitar al quinto día. Por parte de la derecha ultra y la ultraderecha, en cualquier caso le va a caer siempre la del pulpo porque esa es la consigna: leña al mono sin misericordia alguna hasta conseguir acabar con él. Entonces… ¿qué sentido tiene, por ejemplo, continuar aplazando la renovación del CGPJ, mantener la ley mordaza o no apostar sin más dilación por unos informativos decentes en Televisión Española?


Pasan las semanas y la regeneración no llega. Lo único que hemos sacado en claro tras la comparecencia en el Congreso el pasado miércoles 22 es que no lo van a quebrar, vale, pues muy bien. Vamos a esperar a que pasen las elecciones europeas, nos dice ahora. Cada vez que posterga lo impostergable no puedo evitar que me suene a excusa de mal pagador. Mañana martes se producirá, esperemos, el reconocimiento de Palestina; el jueves está prevista la luz verde a la amnistía. Sabe que con estas iniciativas le esperan ataques inmisericordes, ¿qué más le da entonces haber empezado ya a abordar asuntos que desde hace mucho tiempo tenían que estar solucionados?


¿Cuál será la próxima excusa del presidente del Gobierno para aplazar lo inaplazable? ¿El verano, Catalunya, la guerra, que no es el momento, que no se dan las condiciones? Ha tenido suficiente tiempo para poner pie en pared a las fechorías judiciales, a la impunidad de los bulos, a las afrentas del mundo económico. No lo ha hecho. Ergo.. no quiere hacerlo. Más caña de la que le han metido ya no le pueden meter, ¿a qué espera entonces? ¿Por qué se empeña en continuar buscando al PP para que le ayude a aprobar leyes (prostitución, vivienda…) que sus socios rechazan?


Como ha escrito en redes un amigo, cuando resucitó al quinto día, Pedro Sánchez denunció la corrupción de jueces y medios y prometió actuar; a la semana ya no eran los jueces, solo eran los medios. Días más tarde, tras su comparecencia en el Congreso,  todo quedó en “algunos tabloides de ultraderecha”. Así es: saca el micrófono pero no canta, amaga pero no remata la faena. Procrastina. Dilata y desespera a su electorado progresista al tiempo que enerva a sus adversarios, que siguen sin asumir ni entender cómo demonios continúa en el sillón.


Adversarios, por cierto, que no solo son las derechas de nuestro país o estridentes mandatarios como el argentino, sino dinosaurios –y no dinosaurios- de su propio partido. Como todo el mundo sabe, el fuego amigo (o ex amigo) suele ser siempre el más peligroso. El otro día en la tele, intentando quizás blanquearse mutuamente, Motos y Felipe  se despacharon a gusto poniendo a parir a Sánchez y a Zapatero. Durante el hediondo espectáculo, González estuvo presumiendo de haber sacado mayorías absolutas que ahora no se producen. Dejando de lado la perversión que significa ignorar la diferencia de contexto histórico, me hubiera gustado ver qué resultados habría obtenido él si, en sus propias filas, hubiera existido un viejo gruñón intentando a diario segarle la hierba bajo los pies. Como ha escrito un viejo militante socialista: “nuestros ídolos de entonces arrojando paladas de tierra sobre su propia historia”.


Tanto ataque desde flancos tan distintos es parte del combustible que permite a Sánchez, a pesar de tantas promesas incumplidas, continuar cabalgando mientras ladran quienes lo tratan de okupa, quienes están convencidos que el orden natural de las cosas es que las izquierdas, incluso las descafeinadas, vivan siempre en la oposición y sean las derechas las que disfruten del poder. Como está mandado.


La verdad es que resulta casi milagrosa la supervivencia de un gobierno de coalición con el que se ha evitado, al menos de momento, la llegada de la ultraderecha al poder. Aún así, los bárbaros continúan a las puertas de la ciudad amenazando con entrar a saco. No tener escrúpulos es un valor añadido y hay que reconocer que unos tienen menos miramientos que otros. Como recordaba Gabriel Rufián hace unos días, la verdadera izquierda necesita de reflexión y de pensamiento mientras que la derecha solo necesita las teles… y las tienen. Unos escuchan a su conciencia; los otros solo a sus asesores fiscales. 


Que las derechas estén convencidas de que el poder debe ser suyo se entiende. Lo que ya se entiende peor es que la izquierda, cuando está en el poder, lo ejerza acomplejada y parezca que anda pidiendo perdón o permiso cada vez que da un mínimo paso adelante en materia de derechos para la mayoría, o cuando apuesta por esa justicia social a la que los fascistas califican sin complejos de “aberrante”. 


No es de recibo que, por mucho éxito económico y reconocimiento internacional del que se pueda presumir, por muy bien que esta vez pueda llegar a resolverse el puzzle catalán, continúen pendientes a día de hoy tantos asuntos urgentes. Cuando pasen las elecciones europeas, sean cuales sean los resultados, te van a continuar machacando igual, presidente, así que lo mismo toca remangarse de una vez sin continuar buscando excusas de mal pagador y hacer sin demora lo que dijiste que ibas a hacer, lo que tenías que haber hecho hace ya mucho tiempo. Vamos tarde. 


J.T.



lunes, 20 de mayo de 2024

“Desembarrar desde la periferia”


La frase es de Antonio Maíllo, recién elegido para pilotar Izquierda Unida: hay que “desembarrar” la atmósfera política, es urgente, y debe hacerse desde la periferia. Hay vida, mucha vida en España más allá de lo que ocurre en Madrid. Lo que se cuece dentro de la M30 no puede dirigir las vidas de una ciudadanía tan diversa y plural como la que somos.


No es de recibo que la capital del reino, con un alcalde al frente que no desaprovecha ninguna oportunidad de las que encuentra a su paso para alinearse con la intolerancia. nos marque el paso al país entero hasta con el calendario festivo de una ciudad cada vez más anti-resto de España. No solo hay jueces en Madrid, no solo hay tertulianos en Madrid, por mucho que haya televisiones que se los lleven de gira para analizar elecciones ya se celebren estas en Euskadi o en Catalunya. 


No es de recibo tampoco que la presidenta de esa Comunidad Autónoma marque la agenda política nacional en buen número de ocasiones ejerciendo la oposición al Gobierno de la nación como si estuviera sentada en el Congreso de los Diputados. Como no lo es que se atreva a organizar un triste remedo de revista militar en la fiesta del dos de mayo. Una Comunidad, por cierto, que fue creada artificialmente en su día porque, cuando se dibujó el Estado de las autonomías, no sabían qué hacer con una región que se quedaba aislada y ninguna de las dos Castillas quería tener nada que ver con ella. Se inventó de la nada y miren por dónde va ya la linde.


Catalunya acaba de demostrar que lo que nos venden desde Madrid no tiene nada que ver con la realidad que se vive en ninguna de sus cuatro provincias. Sus gentes han votado aquello por lo que algunos partidos autodenominados constitucionalistas decían querer y ahora esos mismos partidos, colgados de la brocha y sin escalera, buscan reorientar el mensaje una vez más desde la óptica madrileña, intentando mantener vivos debates que se han vuelto añejos: el independentismo ya no tiene mayoría, el procès ha pasado a mejor vida, y aún así Feijóo y Abascal se resisten a aceptar el nuevo escenario. Contra el procés se vivía mejor. 


Por eso lleva razón Antonio Maíllo: hay que desembarrar esto. Ha llegado el momento en que la periferia ha de alzar la voz más de lo que hasta ahora lo ha hecho y no continuar dejándose comer terreno. El encuentro ayer del fascismo global en Madrid no se habrían atrevido a convocarlo en Euskadi, ni siquiera en Andalucía, mucho menos en Catalunya, o en Baleares por mucho que allí los ultras, como en Valencia, Aragón o Castilla León, trabajen a destajo desde las instituciones para horadar la convivencia. 


De Madrid, la única política que le concierne al resto de España es la política de Estado, dado que en la capital es donde tienen su sede las principales instituciones. Pero hasta ahí. Punto. En ese Madrid DF no pintan nada Almeida ni Ayuso, por mucho que nos los intenten meter a ambos hasta en la sopa. La política de Estado es  gestionar iniciativas como, por ejemplo, el reconocimiento de Palestina o la búsqueda de soluciones para mejorar la vida a los ciudadanos del Campo de Gibraltar. Desembarrar la política desde la periferia es, entre otras muchas cosas, eso. En breve tendremos nuevo gobierno en Euskadi tras la celebración de unas elecciones impecables; en Catalunya es factible que también se consiga formar pronto un nuevo ejecutivo, propiciando así la puesta en marcha por fin de políticas de mejora que llevan largo tiempo durmiendo el sueño de los justos: sanidad, educación, política hidráulica…


Durante la campaña electoral catalana, el PP se olvidó de la palabra amnistía y se cuidó muy mucho de criticar los indultos. En Madrid, en cambio, han convocado una megamanifestación contra esas mismas medidas el próximo domingo 26. Madrid por un lado y el resto de España por otro. Imagino que algún día esa olla a presión dejará de serlo antes de acabar reventando sin remedio. La crispación y el mal rollo no nos representan. Que Madrid sea el ombligo del mundo, no es el camino. Estoy con Antonio Maíllo: hay que desembarrar desde la periferia. 


J.T.




lunes, 13 de mayo de 2024

El “caso Almería” no puede, ni debe, olvidarse


Este diario se ha ocupado en distintas ocasiones de recordar aquellos crímenes cometidos por miembros de la Guardia Civil, pero quizás sea bueno refrescar la memoria ahora que se cumplen cuarenta y tres años de los hechos: un joven almeriense que trabajaba en Santander decidió acudir en mayo de 1981 a la celebración de la primera comunión de su hermano pequeño, y aprovechó la ocasión para invitar a dos de sus amigos a conocer la tierra donde nació. Mientras atravesaban en coche la península de norte a sur, en Madrid tres militares mueren tras sufrir un atentado en la calle Conde de Peñalver esquina Goya.


En algún lugar, alguien decidió que las caras de dos de los presuntos autores que aparecía en los periódicos eranidénticas a las de dos de los jóvenes viajeros. Juan Mañas apenas tiene tiempo de presentar la familia a sus amigos, Luis Cobo y Luis Montero, o de enseñarles algo de Almería porque la guardia civil no tarda en detenerlos. Al poco tiempo, en el desierto de Tabernas-Gérgal y cercano a una carretera, aparece carbonizado el coche en el que llegaron a Almería con los cuerpos de los tres jóvenes destrozados y prácticamente irreconocibles. 


El teniente coronel Castillo Quero, que así se llamaba el jefe de la Comandancia, y sus hombres declararon que cuando se proponían trasladar a Madrid a los tres detenidos, al poco de iniciar el viaje se vieron obligados a disparar a las ruedas del coche para que estos no escaparan; el automóvil cayó por un terraplén y, tras incendiarse, los tres murieron sin que ellos pudieran hacer nada por salvarlos. La explicación no podía ser más burda para un asunto tan espantoso. 


Una patata caliente más para el Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo (UCD) en aquella primavera de 1981, año que ya venía de por sí bastante cargadito: en enero había dimitido Adolfo Suárez, al mes siguiente tuvo lugar el intento de golpe de Estado en el Congreso de los Diputados (23F); poco después el Banco Central de Barcelona fue asaltado por un grupo armado que, tras encerrarse con casi trescientos rehenes, pedía la liberación de Tejero y de varios golpistas más; además, una intoxicación masiva producida por el consumo de aceite de colza causó la muerte de trescientas personas y afectó, con graves secuelas en algunos casos, a más de veinte mil…


Cuando Juan José Rosón, ministro del Interior, se vio obligado a comparecer para explicar qué demonios había pasado en Almería, lo califica de “trágico error”. Costó mucho trabajo que la cosa no quedara ahí, dado que los intentos por correr un tupido velo desde instancias oficiales fueron muchos. Darío Fernández, el abogado que se hizo cargo del asunto en nombre de las familias de las víctimas y consiguió que al teniente coronel y a dos de sus hombres se les condenara por tres delitos de homicidio, fue sometido a todo tipo de presiones y amenazas durante el tiempo que duró la instrucción del caso. 


Aunque los jueces denegaron la reconstrucción de los hechos, en la sentencia quedó probado que “el teniente coronel Castillo y sus hombres torturaron hasta la muerte a los tres detenidos en un cuartel abandonado llamado Casasfuertes y que posteriormente, y con el fin de intentar eliminar evidencias, despeñaron su vehículo por un terraplén, le dispararon numerosas veces y le prendieron fuego”.


Puede uno imaginarse la sensación de impotencia de las familias de Cobo, Montero y Mañas. Durante un tiempo se llegó a insinuar que, aunque había sido un error, se trataba de delincuentes comunes. Cuando faltaban solo unos meses para que el PSOE llegara al poder, se intentó organizar un festival para recaudar fondos con los que ayudarles a pagar los gastos judiciales. Entre otros, iban a actuar Paco Ibáñez y Carlos Cano, pero el gobernador civil de Almería lo prohibió. Esa era la cera que ardía aún, cuando hacía ya casi siete años que había muerto Franco y la celebrada Transición estaba a punto de acabarse. 


Hasta 1999 no supimos que los tres condenados -por homicidio, que no por asesinato- fueron expulsados de la Guardia Civil, sí, pero estuvieron cobrando durante años con cargo a los fondos reservados. Y hasta enero de 2023, es decir, hasta el año pasado, a las familias no se les había pedido perdón. Les pedimos perdón “desde el corazón del Estado”, les dijo el secretario de Estado de Memoria Democrática tras entregarles tres diplomas de reparación en una acto celebrado en la Subdelegación del Gobierno de Almería. “No cabe justificación”, añadió la directora general de la Guardia Civil, “aquellos terribles hechos no deberían haberse producido jamás”.


“Demasiado tarde”, comentó Francisco, el hermano de Juan Mañas, quien se quedara sin celebración cuando tenía diez años y que ya cuenta cincuenta y tres. Desde luego es demasiado tarde para casi todo, pero no para procurar que no se olvide. Este fin de semana, varias decenas de personas han acompañado un año más a sus familiares al lugar donde ardió el coche para homenajear a las tres víctimas de aquel acto de terrorismo de Estado. 


Un pequeño monumento recuerda lo sucedido, como lo hace la película que Pedro Costa Musté dedicó al caso (se llama "El caso Almería" y está en Filmin), o los libros de Antonio Ramos Espejo, “Mil kilómetros al sur” y “Abierto para la historia”. Abierto sigue, porque aquel juicio cerrado en falso (entre otras razones porque en los hechos participaron once guardias civiles y solo fueron juzgados tres) acabó –técnicamente- con la posibilidad de que algún día pueda saberse la verdad de lo que ocurrió y por qué ocurrió.  


J.T.









lunes, 6 de mayo de 2024

¿Dónde está el punto y aparte?




Desconozco la rentabilidad que podrán proporcionarle a Salvador Illa el próximo domingo electoral en Catalunya los cinco días que su jefe anduvo desaparecido, retirado en los cuarteles monclovitas. Aquellos cinco días de silencio que ya parecen tan lejanos, aquellas cinco largas jornadas de zozobra y temblor de piernas para los socialistas, para los socios minoritarios en el gobierno de coalición y hasta para los partidos que apoyaron la investidura. Ni Puigdemont se libró del tembleque.  


Vamos a ver qué pasa el próximo día 12 de mayo. Ahí puede que empecemos a entender parte de la última jugada con fuego de ese amante de los espectáculos de riesgo llamado Pedro Sánchez. Ya es la tercera vez que lo hace. La primera, cuando en 2016 lo defenestraron en su propio partido y apenas tardó año y medio en resucitar; la segunda fue en Europa, ¿recuerdan?, cuando hace dos años se enfadó en una reunión del Consejo Europeo porque no conseguía pactar medidas para bajar el precio de la luz y abandonó la sala tras pronunciar aquella célebre frase: “Me voy a airear un rato”. La espantá de hace una semana sería la tercera, o puede que la cuarta, si incluimos la convocatoria de elecciones generales anticipadas en mayo del año pasado, tras el descalabro en las autonómicas y municipales. 


Su verdadera habilidad es que casi siempre nos vende la nada, pero se las ingenia para crear expectativas de manera tan magistral que los demás acabamos creyendo que pasará algo. Sabemos que va a terminar llevando al huerto a quienes confiamos en que esta vez será la buena y que por fin los malos van a recibir su merecido. Pero aún así consigue que la mayoría experimente cierto alivio cuando sale a flote del órdago de turno porque al final hay que admitir, si se mira a su alrededor y analizamos las alternativas posibles, que gana en casi todas las comparaciones. Así está la cosa.


Lleva diez años pareciéndole el mal menor a buena parte de la ciudadanía porque no solo tiene la habilidad del trilero profesional, sino que la mayoría de sus adversarios políticos le ponen en bandeja la supervivencia. Está demostrado que es capaz de pensar una cosa y la contraria, asegurar que no va a hacer lo que acabará haciendo y prometer que hará lo que jamás hará. Sabemos que una vez superado el mal trago cambiará pocas cosas o ninguna. Pues bien, aún así continuamos creyendo que igual esta vez cae la breva. 


Desde su última resurrección el pasado lunes 29 de abril no ha movido ni un solo dedo para que cambie nada pero ahí andamos, esa ciudadanía a la que se dirigió contrito, soñando con la renovación del poder judicial, con que los medios que se dedican a mentir se verán obligados alguna vez a dejar de hacerlo, o con que por fin la televisión pública del Estado será una televisión decente. 


La derecha ultra y la ultraderecha, por mucho que continúen con sus infectos raca-racas y sus nauseabundas amoralidades, a veces dan la impresión de no estar del todo contrariados con la continuidad de Sánchez. Menudo marrón haberse tenido que preparar de prisa y corriendo para gobernar, ¿verdad, señor Feijóo? Cada día que pasa anda el todavía líder de la oposición más cómodo en su papel de gruñón eterno, sin gobernar porque no quiere, sin zafarse de Vox porque no quiere, sin llamar al orden a Ayuso porque no quiere… 


Tras el domingo 12 de mayo, ocurra lo que ocurra, los focos serán para las elecciones europeas. Así llegaremos al 9 de junio y a las vacaciones de verano sin que, tras aquellos cinco lejanos días de silencio, haya cambiado nada. Quienes sueñan con que algún día acabe pegando un puñetazo encima de la mesa y resuelva algo de lo que lleva tanto tiempo pendiente más les vale esperar sentados. Eso solo ocurría cuando, desde dentro del gobierno, Podemos empujaba hasta conseguirlo.  


Lo sabemos de sobra, nos cabreamos al comprobar que hemos sido ingenuos una vez más, pero pareciera que nos resignamos al mal menor, sobre todo cuando imaginamos cualquier escenario distinto en la Moncloa. No veo yo mucha regeneración en el horizonte, no tengo claro que a corto plazo deje de haber jueces que practiquen el lawfare o periodistas que se vean obligados a pagar caro dedicarse a la mentira. De momento no es punto y aparte, ni siquiera punto y seguido. Como mucho, una mísera coma. 


J.T.