martes, 17 de marzo de 2026

Ni blanquear, ni normalizar, ni polarizar. Al fascismo, ni agua



El lenguaje periodístico y político español ha caído en una trampa peligrosa. Palabras como blanquear, normalizar o polarizar se repiten como mantras en noticias de prensa, piezas de telediario, columnas, tertulias y declaraciones oficiales. Son términos inexactos con los que se construyen expresiones anestesiadas que se utilizan para describir el avance de la ultraderecha sin precisar lo que realmente es: un proyecto canalla que usa las reglas democráticas para dinamitarlas desde dentro.


No se blanquea ni se normaliza a Vox ni a sus aliados. Se les acepta en espacios de poder donde no deberían tener cabida legítima. Porque no son demócratas. Utilizan la democracia como herramienta temporal para desmantelarla. Quieren imponer un orden autoritario, xenófobo, regresivo en derechos, que niega la pluralidad, ataca la memoria histórica, amenaza con motosierras a la televisión pública y celebra la exclusión. No se les puede "normalizar" porque ellos no normalizan nada: no aceptan al diferente, al migrante, al disidente, a quien defiende libertades conquistadas con sangre y décadas de lucha.


Tampoco existe esa polarización simétrica que tanto gusta invocar. No hay dos extremos equivalentes. En un lado están los nazis, fascistas reciclados, herederos ideológicos del franquismo que se mueven con descarada impunidad. Y en el otro estamos la ciudadanía de a pie, los demócratas que defendemos la convivencia, los derechos LGTBI+, la igualdad, la sanidad pública, la educación laica. Equiparar ambos es como decir que hay "polarización" entre quien quiere quemar libros y quien quiere leerlos.


En las elecciones autonómicas del pasado domingo en Castilla y León, Vox ha superado el 20 por ciento en provincias como Valladolid, Zamora o Palencia. Tanto en esta comunidad como en Aragón o Extremadura acabarán pactando con el PP a cambio de que Feijóo y los suyos traguen e impongan agendas regresivas en derechos y libertades. Los de Abascal usan unas autonomías en las que no creen, unas instituciones con las que quieren acabar, para zarandearnos a todos.


A nivel nacional, las encuestas más recientes sitúan a Vox rozando o superando el 18 por ciento, con proyecciones de hasta 66 escaños en unas generales hipotéticas. Han tardado décadas en sacar la patita -desde el franquismo sociológico que nunca se fue del todo-, pero cuando lo han hecho se han pasado muchos pueblos. Amenazas explícitas contra RTVE ("entrar con motosierra o lanzallamas"), bulos sistemáticos sobre inmigración, negacionismo de violencias machistas o climáticas, sumisión incondicional a Trump. alianzas internacionales con Orbán, Le Pen o Milei. Y en la calle: pogromos racistas en Torre Pacheco (2025), grupos neonazis como "Deport Them Now" o Núcleo Nacional que ya no se esconden.


Cada día actúan con mayor desahogo e impunidad porque el blandengue discurso mediático y político les ha dado oxígeno. Se habla de "ultraderecha" como si se tratara de una variante legítima del espectro político y no lo es; de "polarización" como si hubiera simetría moral y no la hay. Y en estas el PP, en lugar de plantar cara para preservar su presunta vocación democrática, abraza sus postulados pensando que así se le acabarán yendo menos votos por el desagüe. Resultado de todo este dislate: unos gobiernos autonómicos (si al final se constituyen) donde se desmantelará la memoria histórica, se atacará la diversidad y se legitimará el odio entre otras miles de barbaridades.


Reivindico el derecho a una convivencia en paz entre demócratas. No hablo de "líneas rojas" -expresión gastada y burocrática-. Hablo de poner pie en pared frente a todo lo que huela a ultraderecha e intolerancia. Hay que desinflar este soufflé. Y eso exige empezar por llamar a las cosas por su nombre: los fascistas de Vox son antidemocráticos, autoritarios, excluyentes y herederos de lo peor de nuestra historia. No podemos "normalizar" esto. Y mucho menos, "blanquearlo". No me cansaré de repetirlo: al fascismo, ni agua.


J.T.

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