viernes, 7 de diciembre de 2018

En la muerte de mi amigo Manolo Garrido, reportero gráfico de CNN+


Cuando, en un mitin del PP, Javier Arenas y compañía cerraban el acto cantando el himno de Andalucía, a mi compañero Manolo Garrido, reportero gráfico, se lo llevaban los demonios:

- ¿Pero cómo se atreven?, bramaba. ¿Cómo no se les cae la cara de vergüenza cuando dicen "Andaluces, levantaos"?

CNN+ tenía por entonces pocos meses de vida y tanto él como yo estábamos recién llegados a Sevilla después de haber estado mucho tiempo lejos de tierras andaluzas. Durante siete años y medio pasé más horas con él que con mi familia. Tenía Manolo tanta mano con las chicas como faltas de ortografía, pero ni presumía de lo primero ni se avergonzaba de lo segundo. Ponía empeño en mejorar, pero siempre desde la dignidad de quien arranca de muy abajo y se abre camino a codazos, que no pisotones. Durante algunos años se ganó la vida como conductor en los coches de producción de Televisión Española y en sus horas libres aprovechó las enseñanzas de Jesús Mata, otro buen guerrero que también nos dejó demasiado pronto, para dominar como pocos la temperatura de color, habilidad que permitía reconocer la firma Garrido en las imágenes que grababa.

Cuando obtuvo el título, consiguió trabajo como cámara en EFE y paseó su curiosidad por varias de las delegaciones que la agencia tiene repartidas por el mundo. Llegó a conocerse Roma como pocos y en Moscú trabajó un tiempo junto a Ricardo Ortega, quien algunos años después encontraría la muerte en Haití durante una extraña refriega en la que acabaron interviniendo soldados estadounidenses.

De vuelta a Madrid, un buen día de 1998 vio una nota en el tablón de anuncios de Espronceda, 32 en la que se pedían voluntarios para las delegaciones de Barcelona, Bilbao y Sevilla porque la agencia había firmado un contrato con CNN+ y se iba a encargar de proporcionarnos el
servicio técnico. Eligió Sevilla y allí nos encontramos cuando, recién nombrado yo responsable de la delegación andaluza, empezaba a ponerla en marcha. Juntos recorrimos decenas de miles de kilómetros para dejar constancia de lo que sucedía en el sur durante los doce primeros años del siglo XXI. Estuvimos en las revueltas racistas de El Ejjido, en Rabat cuando murió Hassan II, a pie de playa cuando llegaban pateras, en Gibraltar cuando se montaba algún pollo, que se montaba; en Marbella una y otra vez, hasta que no hubo recoveco de los juzgados ni del ayuntamiento que nos fuera ajeno. También dando cuenta de atentados de ETA en Granada, Málaga, Sevilla...

Nos chupamos guardias por un tubo y nos hicimos amigos de los compañeros de batalla con quienes gastábamos días enteros en las puertas de la cárcel de Alhaurín, en los juzgados de Estepona, Fuengirola o Jerez de la Frontera. O en los alrededores de la base de Morón donde cierto día,
mientras él rodaba la salida de un B-52 cargado de bombas camino de Bagdad, a mí me contaban que en un hotel de esa misma ciudad acababan de matar a José Couso, que era amigo suyo. Manolo Garrido era solidario y generoso, pero cuando algo le parecía injusto no podía disimular su indignación, y eso fue lo que ocurrió cuando se enteró de la muerte de su amigo cámara de Telecinco. Se indignó, mucho, y no pudo evitar ponerse a llorar allí mismo por la muerte de su amigo.

Ahora nos toca a los que conocimos a Garrido indignarnos por la injusticia de su muerte. A los cincuenta y ocho años se ha marchado, el día después de unas elecciones andaluzas cuyo resultado, para su fortuna, no tuvo tiempo de conocer. Levanto la copa por ti, querido amigo, y en tu honor grito
 más fuerte que nunca: "¡Andaluces, levantaos!".

J.T.

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