Con tal de crispar, no hay charco en el que no se meta. Estos días le ha tocado al Gernika estar en la diana de Isabel Díaz Ayuso. Si puedo tensionar, para qué voy a andarme con miramientos. Si puedo calificar de “ciega, absurda y cateta” la intención del Gobierno vasco de exhibir temporalmente el cuadro de Picasso en el Guggenheim de Bilbao, por qué me voy a callar. Escuchar en su boca el término Gernika suena a profanación. Gernika, no Guernica, como seguro le escribió en el texto su ventrílocuo MAR.
La presidenta madrileña puede que no, pero su asesor sí que sabe que Picasso pintó el cuadro en París en 1937 para el Pabellón de la República en la Exposición Universal de esta ciudad y que después recorrió Europa y América en exposiciones que lo maltrataron sin piedad: enrollados, desenrollados, vibraciones, humedades… MAR sabe también, aunque Ayuso se lo calle, que el Gernika sufrió restauraciones en los años 40 y 50 precisamente por los estragos de tanto traslado y que luego estuvo décadas en el MoMA de Nueva York hasta que la democracia española permitió su regreso en 1981, como había exigido Picasso. Primero fue exhibido en el Casón del Buen Retiro y desde 1992 se encuentra en el Museo Reina Sofía. Ha sido un nómada de la memoria antifascista. Ahora, cuando el lehendakari Imanol Pradales solicita un préstamo temporal, del 1 de octubre de 2026 al 30 de junio de 2027, coincidiendo con el 90 aniversario del bombardeo de Gernika y del primer Gobierno Vasco, Ayuso sale a la palestra a incordiar sobre el asunto sin que nadie le haya dado vela en ese entierro.
Los técnicos del Reina Sofía desaconsejan el movimiento por razones de conservación. Muy bien, es una cuestión técnica, no política, que se resuelva pues en los despachos de los expertos, con informes rigurosos y punto. Pero Ayuso se empeña en montar el pollo. Siempre un agravio que inventar, una bandera que ondear o un centralismo rancio que defender. El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, que refrenda a los técnicos que se oponen al traslado, se ha explicado esta vez con una argumentación aceptable: “Entiendo la sensibilidad detrás de esta petición -ha dicho. Estamos hablando de una obra vinculada a la memoria de Gernika y al dolor que simboliza. Mi obligación es garantizar el acceso a la cultura pero también garantizar el patrimonio. En cuestiones como esta hay que escuchar a los técnicos que conservan la obra desde hace 30 años.”
Desde un punto de vista estrictamente político, Pradales tiene toda la razón al reivindicarlo. El Gernika nació como denuncia del terror sobre una ciudad vasca, es símbolo de la barbarie franquista y, por tanto, de la memoria de Euskadi. Reclamar su presencia temporal en Bilbao es coherencia histórica. Lo mismo que sacar a Franco de Cuelgamuros fue en su día un gesto de dignidad democrática.
A la presidenta madrileña le trae más bien al pairo si el Gernika se estropea o no en el traslado. El caso es incordiar.
J.T.



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