miércoles, 17 de junio de 2026

Algarrobico. El pitorreo continúa.


Ya van más de veinte años de infamia, dos décadas largas de cachondeo puro y duro. Mientras escribo estas líneas, el esqueleto brutal de El Algarrobico sobrevive, altanero y desafiante, a catorce metros del mar en pleno Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, provincia de Almería. Se mantiene erguido dedicándole un corte de mangas, tan grosero como interminable la inteligencia, a la legalidad y al sentido. Lo que iba a ser hotel se ha acabado convirtiendo en un siniestro monumento a la corrupción urbanística y la prevaricación política. 


La historia apesta desde el principio. En 1987 se crea el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, con lo que en principio se blindaba el riesgo de especulación en la zona. Aún así, en 1988, el ayuntamiento de Carboneras, municipio al que pertenece la superficie de la polémica, aprueba un plan urbanístico sospechoso. Pasan los años y en 1994 se amplía la protección, con lo que la zona queda clasificada de manera clara como “no urbanizable”. Mas hete aquí que, como por arte de birlibirloque, tres años más tarde los planos mutan y el suelo se vuelve de nuevo “urbanizable” ¡alé hop! 


Así las cosas, en 1999 una promotora inmobiliaria llamada Azata del Sol compra 16 hectáreas por más de dos millones de euros y en enero de 2003 el Ayuntamiento de Carboneras, con el PSOE al frente, corporación presuntamente de izquierdas, concede la licencia de obras. Ni cortos ni perezosos se ponen manos a la obra y no tardan ni dos meses en empezar a levantar un mamotreto de 21 plantas y 411 apartamentos. Todo con las bendiciones de las cuatro administraciones (ayuntamiento, socialista; Junta de Andalucía, socialista; gobierno central, PP, y la propia gestión del parque natural Cabo de Gata-Níjar, socialista, ¡viva el ladrillo bipartidista!


En 2005, la asociación ecologista “Salvemos Mojácar”, más lenta que el caballo del malo, decide denunciar la tropelía. Y en febrero de 2006 Jesús Rivera, titular del Juzgado de lo Contencioso-Administrativo nº 2 de Almería paraliza las obras. El socialista Manuel Chaves, presidente andaluz, promete demolición. Mentira. Greenpeace rotula “Hotel ilegal” en la fachada blanca con letras gigantes rodeadas de pintura negra. Llegan las primeras sentencias del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) declarando nula la licencia por vulnerar la Ley de Costas y protección ambiental.... 


La fiscalía abre diligencias por prevaricación, pero todo se diluye en un pantano de recursos, contradicciones judiciales y pasteleos políticos. Gobiernos del PSOE, del PP, de la Junta, del Estado… todos prometieron y ninguno cumplió. En el años 2012 se acuerda la demolición. En 2016 el Supremo ratifica que la construcción es ilegal, que invade dominio público marítimo-terrestre y que la Junta tiene derecho de retracto. Azata pide una compensación de 70 millones, los años siguen pasando y el resumen es que la mole continúa ahí, con las autoridades  anunciando que la expropiación y la demolición están al caer. El cuento de nunca acabar.


Este pasado mes de mayo, el Consejo Consultivo de Andalucía dictaminó que la licencia de 2003 es nula de pleno derecho mediante un informe preceptivo y vinculante que obligaba al Ayuntamiento de Carboneras a anularla de forma inmediata. Y este miércoles 17 de junio de 2026 ha llegado el penúltimo escupitajo a la decencia. En pleno extraordinario, con los votos del PSOE (los mismos que concedieron la licencia en 2003), una ex concejal del PP y un concejal no adscrito, el Ayuntamiento de este municipio almeriense de menos de diez mil habitantes ha decidido aplazar sine die la votación para anular la licencia. El argumento, “extraordinaria complejidad jurídica y económica”, dicen a estas alturas. Y añaden que necesitan más informes sobre posibles indemnizaciones a la promotora Azata. Así que el recochineo continúa. Suma y sigue. 


Greenpeace y la propia Junta de Andalucía han acudido al Tribunal Superior de Justicia de Andalucía para que anule la licencia de forma supletoria y acabe de una puñetera vez con esta inacabable comedia. ¡Qué sensación de impotencia, qué vergüenza! Ese horror de hormigón mirando al mar y viendo pasar los años es el ejemplo más elocuente de la impunidad con la que se mueven los poderes reales y a indecencia con la que actúan los políticos. 


No puede ser que nos tomen el pelo de esa manera. Así que demoler El Algarrobico se ha convertido ya en una cuestión de dignidad ciudadana. Hay que hacerlo sí o sí. Se trata de una batalla que hay que ganar como sea. Yo, desde luego, no pierdo la esperanza de verlo. Aunque he de reconocer que tamaña falta de vergüenza no pensé nunca que se prolongara en el tiempo hasta llegar nada menos que a 2026. Y lo que te rondaré, morena.


J.T.

martes, 16 de junio de 2026

Taty Almeida, la importancia de la memoria


Ha muerto la ciudadana argentina Taty Almeida a los 95 años y con ella se marcha una de las últimas voces de aquella generación de mujeres que decidió enfrentarse a una de las dictaduras más brutales de América Latina armada únicamente con una fotografía, un pañuelo blanco y una pregunta que sigue resonando medio siglo después: ¿dónde están?


La historia es conocida, o deberíamos conocerla. Un hijo desaparecido, Alejandro Almeida, veinte años, estudiante, trabajador, militante. Secuestrado en 1975 y tragado por la maquinaria del terror mucho antes incluso del golpe militar de 1976. Como miles de argentinos y argentinas, fue convertido en ausencia.


El terrorismo de Estado instaurado tras el golpe militar de Jorge Rafael Videla buscaba destruir la memoria, no solo eliminar personas. Borrando nombres, historias y afectos se propusieron, y en parte lo consiguieron, convertir el miedo en herramienta de gobierno, convencer a toda una sociedad de que más les valía callar.


Fue entonces cuando muchas madres, amas de casa, mujeres que en circunstancias normales habrían llevado siempre una vida discreta y que jamás habrían podido imaginar lo que les sucedió, decidieron convertirse en activistas. Taty Almeida fue una de ellas.


Siempre me impresionó una frase suya: “Alejandro (su hijo desaparecido) me parió a mí”. Hermosa definición sobre el compromiso. Taty, junto al resto de madres y abuelas de la Plaza de Mayo, decidió dedicar el tiempo de vida que le quedara desde que tuvo claro que su hijo jamás volvería a impedir que el olvido acabara ganando.


El fascismo nunca desaparece del todo. Cambia de lenguaje, de rostro, se adapta a los tiempos pero jamás se va del todo. Por eso figuras como Taty Almeida resultan tan incómodas. Están ahí siempre, en su caso y en de las madres y abuelas de los demás desaparecidos por la dictadura argentina, dando vueltas en Buenos Aires a la Plaza de Mayo con su pañuelo blanco recordándonos lo que pasó.  


Casi cincuenta años desmontando excusas, obligando a mirar de frente una realidad que algunos preferirían difuminar ¡Treinta mil desaparecidos! La mejor manera de honrar a Taty Almeida es entender lo que representó, la convicción de que la dignidad puede resistir frente al terror, la certeza de que ningún Estado tiene derecho a decidir quién merece existir y quién debe desaparecer. La obligación de defender la democracia cuando es imperfecta para no tener que llorarla cuando falta.


Se nos ha ido una una mujer admirable, sí, pero permanecen los pañuelos blancos y, sobre todo, la obstinación por no bajar los brazos jamás frente a la injusticia.


J.T.

lunes, 15 de junio de 2026

A propósito del debut de la selección española en el Mundial de fútbol


Quiero imaginarme la noche de este lunes en Atlanta el primer gol de la selección española a Cabo Verde. Gol, por ejemplo, de Borja Iglesias con asistencia de Lamine Yamal tras un pase a este de Nico Williams. Gol de un futbolista que en su día renunció a jugar en la selección tras el abuso contra su compañera Jennifer Hermoso cometido por el entonces presidente de la federación. Asistencia de un joven de Mataró hijo de guineana y marroquí; pase de un navarro hijo de una pareja de ciudadanos de Ghana llegada a España en patera. No se me ocurre mejor resumen de la vida real de este país, de lo que pasa sin problemas en nuestras calles y en nuestros pueblos cada día. De la normalidad que nos define, de la convivencia que construimos a pesar de quienes se pasan la vida cabreados porque “los inmigrantes nos están invadiendo”.


Nos están haciendo grandes y competitivos pero nos están invadiendo. Invadiendo… ¿quién a quién? Nos están haciendo crecer, contribuyen a la prosperidad general, cotizan a la Seguridad Social, pagan impuestos y ponen el nombre de España en el mundo pero hay que regularlos cuando no directamente expulsrlos. Diez millones de extranjeros hay en España, el veinte por ciento de la población total. Unos tres millones de jóvenes son hijos de madre o padre de origen migrante. Solo en 2025 nacieron en los hospitales de este país 80.000 bebés de madres extranjeras, como Lamine en 2007, como Nico en 2002. Esta es la realidad, esta es la España que nos representa ante el mundo, esta es la España que puede hacernos ganar el segundo campeonato mundial de fútbol. Bajo un himno y una bandera de todos que los intolerantes se empeñan en patrimonializar en exclusiva.


No sé por qué les acabo de llamar intolerantes cuando en realidad son unos fascistas, unos impresentables racistas que no soportan convivir con quienes tienen otro color de piel o no han nacido en la España casposa y alcanforada que preconizan. Unos machistas que cosifican a la mujer creyendo que pueden besarla cuando les salga de las narices como hizo el altanero Rubiales. Somos un país vibrante y vivo, pero la carcundia se empeña en ponerle puertas al campo. Un campo donde, por cierto, trabajan los migrantes, un país donde a sus ancianos los cuidan inmigrantes, los ladrillos de sus casas los ponen inmigrantes y las cañas de cerveza que tanto le gustan a algunas también las sirven inmigrantes.


Pero la “prioridad nacional” es considerarlos ciudadanos de “segunda división” y relegarlos a la hora de acceder a un empleo, a los recursos públicos, a la sanidad o a cualquier otro tipo de ayuda social. Prioridad nacional. Bastardo concepto que el presuntamente democrático Partido Popular no tiene inconveniente en asumir si de ello depende que la ultraderecha le otorgue sus votos para gobernar en autonomías como Extremadura, Aragón, Castilla y León… y veremos qué acaba pasando en Andalucía. 


Católicos todos ellos, al menos de boquilla, han escuchado estos días las admoniciones de su jefe cuando, a su paso por Madrid, Barcelona y Canarias, les ha ido recordando que no se puede “alabar a Dios y al mismo tiempo despreciar a un ser humano por su color de piel, su lengua o el lugar donde nació”, o que “la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera”. Reconvenciones estas aplaudidas con el mismo fervor con el que fueron olvidadas al día siguiente.


Tristes aprendices de papá Trump, quien lo mismo prohíbe la entrada a Estados Unidos de un árbitro somalí para dirigir encuentros en el Mundial que registra en los aeropuertos como si fueran delincuentes a futbolistas de las selecciones de Senegal o Uzbekistán. A los jugadores iraníes los ha humillado impidiéndoles instalarse en suelo estadounidense y obligándoles a ir y venir desde Tijuana, México, cada vez que hayan de disputar un partido.


Si de verdad aspiran a gobernar, hacen mal la derecha ultra y la ultraderecha en apostar por esta manera de ver las cosas ignorando así los mensajes de Robert Francis Prevost. En clave política, la institución que este preside debe su longevidad entre otras cosas a su capacidad para sintonizar con la sensibilidad y las necesidades de su clientela. León XIV entiende la importancia de las identidades y por eso utiliza el catalán cuando visita Barcelona, sabe también que los desheredados son más y por eso, aunque haya otras razones, defiende su dignidad. Tiene claro que no hay futuro ni prosperidad sin inmigración. Harían bien sus admiradores peperos y de Vox en interiorizar esto. Aunque les cueste disimular su rabia cuando Lamine, Nico o Borja vayan marcando goles estos días en el Mundial asistidos por un ramillete de compañeros vascos y catalanes donde ningún futbolista del Real Madrid ha encontrado sitio.


J.T.


domingo, 14 de junio de 2026

Belfast nos concierne. Mucho.


Un hombre es apuñalado. El presunto agresor es inmigrante. Estallan disturbios. Hay ataques contra viviendas, enfrentamientos con la policía y protestas en las calles. Belfast ha ardido varios días porque un hecho violento coincidió en el tiempo con un estado de ánimo ciudadano que llevaba ya tiempo acumulando demasiada tensión. El crimen ha sido la chispa, pero el combustible llevaba años almacenándose, como en tantos otros lugares de Europa donde existen dificultades para acceder a una vivienda, hay sensación de deterioro de los servicios públicos, incertidumbre económica, salarios que no avanzan al ritmo del coste de la vida o crece la desconfianza hacia unas élites políticas que parecen vivir en un universo paralelo.


En ese contexto es en el que aparece la inmigración como problema porque resulta mucho más sencillo señalar a quien acaba de llegar que enfrentarse a dificultades estructurales que llevan décadas gestándose. Las sociedades tienen todo el derecho a debatir sobre integración, fronteras, capacidad de acogida o convivencia. Pero el problema comienza cuando dejamos de debatir y empezamos a buscar culpables encanallando los ánimos además a través de las redes sociales. Nunca en la historia habíamos tenido tanta información disponible y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil vivir atrapados dentro de una deformada versión de la realidad. 


Los algoritmos premian la emoción, el enfado o el miedo. Les importa un comino la verdad. Por eso cada vídeo impactante, cada rumor sin verificar o cada mensaje incendiario encuentran una autopista de millones de usuarios dispuestos a compartirlo.


El resultado es un cóctel explosivo donde un crimen deja de ser un crimen para convertirse en la prueba definitiva de una teoría. Un agresor deja de ser un individuo para representar a un colectivo entero. Y una tragedia concreta acaba transformándose en una batalla cultural donde los hechos importan menos que las emociones.


Lo que ha ocurrido en Belfast resulta inquietante porque esa música nos suena demasiado, porque nos induce a temer que algo así puede llegar a suceder aquí en cualquier momento si nos despistamos y bajamos la guardia.


J.T. 


sábado, 13 de junio de 2026

La expulsión de los "cantaires" de la Sagrada Familia


La tarde-noche del miércoles 10 de junio, durante la misa solemne presidida por el papa León XIV y la posterior inauguración de la Torre de Jesús, acto central del centenario de la muerte de Gaudí, unos 500-600 cantaires de diversos coros catalanes (de lugares como Puig-Reig, Vilafranca, Girona, etc.) fueron expulsados del interior de la basílica por la policía. Entre el fulgor de los drones, la pirotecnia y los coros infantiles, se amputó una parte del espectáculo y se atentó claramente contra la libertad de expresión. Este episodio ha sido tratado con guante de seda por  muchos medios o directamente silenciado. 


Los coros habían participado activamente en la misa cantando durante la ceremonia y al final, mientras interpretaban El Virolai, el himno dedicado a la virgen de Monserrat, las "fuerzas del orden" entendieron que algunos cantaires tenían la intención de desplegar esteladas que llevaban impresas en el reverso de las partituras y cantar Els Segadors, así que decidieron actuar de manera contundente para impedirlo. Rodearon al grupo completo y sacaron del templo a todos los adultos componentes de los coros. La intervención fue violenta y humillante, según contaron los afectados. Los empujaron y obligaron a abandonar la Sagrada Familia mientras aún cantaban la segunda estrofa del Virolai. Una vez en la calle, los cantaires entonaron Els Segadors y El Cant de la Senyera. De todo esto existe escasa documentación audiovisual, pero alguna se puede encontrar.


La actuación policial supuso que el espectáculo final perdiera parte de su alma coral. Se había vendido el acontecimiento como la celebración universal de la belleza y la creatividad, pero se impidió que voces catalanas expresaran su identidad cultural a través de una pieza musical y unos símbolos que forman parte del imaginario colectivo de buena parte de la sociedad catalana. Els Segadors es el himno oficial de Catalunya, reconocido por el Parlament. La estelada representa una aspiración política legítima en democracia. Expulsar a los cantaires significa tratar la discrepancia política como una amenaza. 


Mientras el espectáculo deslumbraba al mundo, se silenció una expresión cultural. La Torre de Jesús se inauguró con pompa internacional, pero dentro del templo se impuso el control ideológico. La protesta se produjo, pero fuera de foco, rodeados de policía en la calle Mallorca. En medio de la fiesta de la belleza y la técnica, se recordó que en Catalunya persiste una herida abierta por la intolerancia a la disidencia simbólica y la tendencia a criminalizar preventivamente al adversario político. Gaudí, siempre catalanista, soñó un templo para todos. 


Si la realización televisiva fue magnífica y el concepto ambicioso, estos nubarrones empañan la ceremonia por muy "discreta" que fuera la represión. Al día siguiente, el pasado jueves 11, cientos de personas cortaron el tráfico en la calle Sardenya, frente a la Sagrada Familia, desplegaron una estelada gigante y cantaron Els Segadors  en una concentración convocada por redes donde se denunció la censura y la vulneración de la libertad de expresión y a la que asistió el ex president Quim Torra, representantes de Junts y de la Assemblea Nacional Catalana (ANC). Junts ha registrado iniciativas parlamentarias pidiendo explicaciones al ministerio del Interior y a la delegada del Gobierno. 


J.T.

viernes, 12 de junio de 2026

Diez minutos mágicos



Barcelona vivió la otra noche un momento de los que trascienden lo meramente ceremonial y se instalan para siempre en la memoria colectiva. La inauguración de la llamada Torre de Jesús en la Sagrada Familia, presidida por el papa León XIV en el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, fue un prodigio de creatividad moderna al servicio de una obra eterna. Desde una mirada laica, hay que quitarse el sombrero ante la inteligencia, la audacia y la sensibilidad de quienes lo concibieron y ejecutaron. Consiguieron que la belleza, la técnica y la emoción universal dialogaran sin fisuras. 


Los que tuvimos la suerte de verlo asistimos a algo que no sucede todos los días, la transformación de un monumento universal en un escenario vivo capaz de emocionar a creyentes y no creyentes por igual. El concepto era ambicioso, cerrar un siglo de construcción con un espectáculo que honrara el genio de Gaudí sin caer en el folclore ni en la grandilocuencia vacía. Y lo consiguieron. “Primero el amor, luego la técnica”, la célebre máxima del arquitecto, se materializó en cada detalle. 


La música, original de Daniel López Pradas, sostuvo la emoción de principio a fin. Acompañaba las imágenes, dialogaba con ellas, las impulsaba, las elevaba. La orquesta aportó profundidad y amplitud sonora, los coros añadieron una dimensión humana que convertía el sonido en algo casi tangible. Y el órgano, con esa capacidad única para llenar espacios y silencios, recordó que pocos instrumentos son capaces de conmover con semejante intensidad.


La iluminación transformó la basílica en un ser vivo. Miles de pequeñas lámparas en manos del público dentro y fuera del templo se encendieron de forma sincronizada, convirtiendo a los asistentes en partícipes activos del espectáculo. Los drones dibujaron en el cielo nocturno el rostro de Gaudí contemplando su obra culminada, con la frase “Primero el amor, luego la técnica” proyectada sobre la silueta de Montjuïc. Brutal.


La pirotecnia remató la noche con elegancia, sin vulgaridad. Fuegos que iluminaron el cielo barcelonés como un homenaje festivo pero contenido, celebrando más que estallando. Todo coordinado con una precisión que costó meses de ensayo con cientos de profesionales trabajando en la sombra. Iluminación, sonido, proyecciones, logística… nada falló. 


La realización televisiva merece capítulo aparte porque Paulí Subirá, su responsable, decidió que quería contarnos una historia conmovedora y lo consiguió. Los encuadres, los movimientos de cámara, los ritmos, la selección de planos y la manera de mostrar el monumento consiguieron que millones de personas contemplaran la Sagrada Familia como si la vieran por primera vez.


Hay que felicitar a todos los que participaron en aquella noche. A los músicos, a los cantantes, a los técnicos de sonido, a los responsables de iluminación, a los pirotécnicos, a los realizadores, a los productores, a los diseñadores y a todas esas personas cuyo nombre probablemente nunca conoceremos y que hicieron posible el milagro laico de emocionar a una audiencia global.


Enhorabuena a todos los que, dirigidos por Igor Cortadellas, hicieron posible este milagro moderno. Demostraron que la creatividad audaz, puesta al servicio de la belleza sin estridencias, será siempre uno de los mejores antídotos contra la mediocridad. Durante unos minutos, en la noche del miércoles 10 de junio de 2026 el arte, la arquitectura, la música y la tecnología hablaron un mismo idioma y consiguieron asombrar al mundo ¡Chapeau!


J.T.